Etiopía y Eritrea: 20 años no es nada, aunque puede ser todo

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Por Richard Ruíz Julién
El fin del conflicto entre Etiopía y Eritrea se acerca a su cénit, cuando se espera la reapertura en esta capital de la embajada de Asmara, 20 años después que aquellos una vez nombrados hermanos quedaran como enemigos irreconciliables.
Durante estas jornadas, que iniciaron el 5 de junio con el anuncio de que Addis Abeba respetaría los términos del Acuerdo de Argel -punto culminante de una guerra fronteriza con Asmara causante de la muerte de casi 80 mil personas-, África despidió poco a poco uno de los diferendos más intratables de los últimos años.

Aunque la noticia del apego a los tópicos de Argel fue impactante, el decursar de los acontecimientos, que mostraron una veloz y sorprendente intención mutua de reconciliarse, paralizaron el corazón de los pueblos y de no pocos observadores africanos e internacionales.

El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, visitó la capital eritrea, y menos de una semana después, el presidente Isaias Afwerki respondió al gesto con su arribo a este país; ambos viajes estuvieron signados por un cúmulo de acuerdos que definió la hoja de ruta para normalizar los vínculos políticos, económicos y sociales.

Por supuesto, el convenio es solo el comienzo de lo que podría ser un largo proceso de paz. Las dos partes deberán cumplir sus compromisos de manera oportuna e integral, apuntó Tefere Megisto, investigador del Centro de Estudios Estratégicos.

Lo que parecía imposible hace algunos meses, ahora es una realidad que, por insólita, no deja de esperanzar a la mayoría, como evidencia de que el tango del mítico Carlos Gardel no contenía tal vez la verdad absoluta sobre el resultado de dos décadas de espera.

Ya hay razones para el optimismo: el lunes, Etiopía presentó una solicitud a las Naciones Unidas para levantar las sanciones contra Eritrea en una muestra de buena fe.

El siguiente paso será que el Gobierno de esta nación retire sus tropas de la frontera y particularmente de la ciudad de Badme. Otras naciones africanas deberían vigilar estos acontecimientos, pero por ahora hay mucho que celebrar sobre un acuerdo que parecía casi imposible de lograr, puntualizó Megisto.

El pacto es un golpe diplomático de Ahmed, cuyos primeros 100 días en el cargo han traído un giro alentador después de años de protestas contra las autoridades.

Su disposición a entablar conversaciones es un cambio refrescante de anteriores administraciones etíopes y una señal prometedora de que está comprometido con la reforma, comentó el profesor de Política Internacional, Desta Gebrehiwot.

Pero el convenio, en opinión de los expertos, podría tener implicaciones más significativas para Eritrea, que a veces se señala como uno de los más territorios más cerrados del mundo.

Muchas de las acusaciones en su contra están relacionadas con la política de reclutamiento obligatorio, que requiere que todos los ciudadanos se inscriban para el servicio nacional, el cual a menudo dura más allá de los 18 meses obligatorios.

Esas y otras condiciones han empujado a más de 459 mil personas, un 10 por ciento estimado de la población, a buscar asilo en otros lugares.

Con el final del estancamiento ‘sin paz, sin guerra’, se tiene la oportunidad de desmilitarizar y abolir esas normativas, una medida que podría abrir la puerta a la liberalización social y política, manifestó Gebrehiwot.

Por lo pronto, para deleite de las familias que se han mantenido separadas por la disputa, se reabrirán las vías de comunicación: embajadas, rutas de vuelo y líneas telefónicas directas.

Ya los eritreos se habían independizado en 1993, aunque los lazos de otra índole permanecieron inalterables hasta 1998, cuando las diferencias en torno a los límites territoriales condujeron a un choque militar a gran escala que se extendió hasta el 2000.

Aunque un pacto de no agresión cerró hace 18 años de manera formal los enfrentamientos, las escaramuzas esporádicas continuaron en la frontera y los vínculos se rompieron irremediablemente.