¿Etiopía o Eritrea?: el temor de la comunidad fronteriza a dividirse

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Las imágenes de las tropas de Eritrea abandonando la frontera con Etiopía alientan a muchos observadores sobre el avance cada vez mayor del proceso de paz, que aún debe enfrentar un enorme desafío: la demarcación fronteriza.

‘Este lugar es definitivamente etíope’, comentó a la prensa local el agricultor Haise Woldu, de 76 años, en referencia a una iglesia con una fachada de ladrillo adornado en la ciudad Engal, con una cordillera dentada a lo largo de la árida zona limítrofe entre los dos países como telón de fondo.

Las declaraciones de Woldu motivaron la preocupación de la opinión pública, que resaltan la complejidad del asunto; las redistribución de los territorios ha sido tema de debate durante más de un siglo y la causa de una guerra mortal que, en sólo dos años -de 1998 a 2000- dejó casi 80 mil muertos.

Ahora, para analistas, la continuidad del vertiginoso acercamiento entre los antiguos enemigos en las últimas seis semanas depende de la promesa de Addis Abeba de acatar finalmente un fallo de las Naciones Unidas de 2002 acerca de la frontera, que señala a Engal y otras localidades cercanas como eritreas.

Eso significa que la comunidad étnica minoritaria Irob, a la cual pertenece Woldu, diseminada por toda la región, podría ser dividida en dos.

‘Si los hermanos están diseminados, dispersos, eso será un problema. No creo que la estabilidad llegue de esa manera’, apuntó a Prensa Latina el investigador del Centro de Estudios Estratégicos, Tefere Alemayehu.

Algunos líderes Irob, que habla el idioma Kushitic Saho, quieren la paz pero advierten que cambiar el status quo podría causar estragos en su forma de vida.

En los últimos 150 años, Eritrea ha pasado por las manos de los otomanos, egipcios, italianos, británicos y etíopes, a quienes se anexaron en 1952 después de un breve período de autonomía.

La pequeña nación del Mar Rojo continuó luchando en una sangrienta contienda bélica por la independencia antes de alcanzarla después de un referéndum en 1993.

Pero la frontera resultante nunca se definió adecuadamente; al comienzo del conflicto militar hace 20 años, Asmara capturó las áreas de Irob y mantuvo el territorio bajo su control casi durante la duración de las hostilidades.

La zona es uno de los pocos centros del catolicismo etíope, introducido en el siglo XIX por el italiano Justin de Jacobis; está salpicado de iglesias encaramadas en acantilados y colinas.

El rechazo de Etiopía al fallo de la ONU sobre la demarcación hizo que las relaciones bilaterales se estancaran y así, el estancamiento parecía destinado a continuar indefinidamente hasta que el primer ministro, Abiy Ahmed, asumió el cargo en abril.

Ahmed anunció una agenda de reformas radical y deslumbró a los observadores al aceptar la implementación de la citada sentencia sobre los límites.

Sin embargo, en el distrito de Irob, al que se accede por una estrecha pista de terreno salpicado de puestos de control militar, los residentes protestaron contra el anuncio.

Las personas que allí viven guardan celosamente sus derechos y temen el regreso de los eritreos, que abusaron de ellos durante la ocupación; no serán ni uno ni dos los afectados, sino casi 33 mil, por lo que es preciso examinar la situación con cuidado, manifestó el profesor Solomon Kassa.

Para algunos expertos, como Mammo Muchie, doctor en Relaciones Internacionales, si se explotan adecuadamente las variantes económicas derivadas de la normalización de los vínculos, la demarcación exacta de la nueva frontera pudiera ser irrelevante.

‘El límite debería ser secundario ahora. La relación es más importante’, añadió.

Mientras tanto, muchos Irob anhelan la era anterior a la guerra cuando podrían cruzar entre sus valles, ahora divididos artificialmente.

‘Queremos la paz’, aseguró al diario The Ethiopian Herald Girmay Abraha, un conductor nacido en el área. ‘Pero creemos que no debería venir regalando tierras’.