Etiopía, luces y sombras alrededor de la reforma

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A medida que sale el sol, la piedra blanca de la Catedral de la Santísima Trinidad, símbolo de Etiopía, se vuelve dorada; allí decenas de fieles acuden cada jornada para meditar sobre sus vidas o la realidad circundante.

La iglesia, ubicada en esta capital, está íntimamente ligada a la historia del país; muchos héroes nacionales están enterrados en sus jardines.

El trono del último emperador, Haile Selassie, todavía está justo al lado del altar, y se dice que los restos de él y de la emperatriz están enterrados allí.

Los etíopes vienen cada día antes del amanecer para orar. Adanech Woldermariam, que tiene unos 70 años, se para afuera y apoya su frente contra uno de los gruesos muros del recinto.

Ella mira hacia arriba; su cara enmarcada por un pañuelo blanco de algodón, refleja una mezcla inusual de aflicción y esperanza.

Recuerda que la realidad de su nación ha sido una constante en sus rezos por años. Hace dos décadas pedía por paz, cuando un brutal conflicto fronterizo con Eritrea estalló y terminó causando la muerte de casi 80 mil personas.

‘Cuando comenzó aquella guerra’, cuenta a Prensa Latina, ‘vi a amigos deportados, sacados a la fuerza de sus hogares, apartados de sus pertenencias. Fue tan injusto, porque habían trabajado tan duro’.

Desde entonces, asegura, quiso gritar a voz en cuello su visión sobre aquella experiencia; ahora, finalmente puede hacerlo.

A lo largo de 2018, el Estado pasó por una transformación histórica a una velocidad vertiginosa desde que recibió a un nuevo primer ministro, Abiy Ahmed, en abril.

Ahmed forjó la paz con Asmara, puso fin a un estado de emergencia de casi cuatro meses y liberó a miles de presos políticos.

Casi de la noche a la mañana, el nuevo líder abrió un espacio democrático permitiendo a los aliados de la oposición retornar desde el exilio para decir lo que pensaban sin temor a la represión.

Fuera de la iglesia, Teshale Abebe tiene su tiempo de comunión entre los árboles y las lápidas. A los 65 años, tiene edad suficiente para recordar que no se podía criticar al rey Salassie.

En 1970 y 1980 vivió el gobierno de la Junta Militar y vio lo que sucedió durante los últimos tres años cuando un intento de aplastar un movimiento de protesta arrojó a decenas de miles de personas a la cárcel y mató a al menos mil jóvenes que se manifestaban en las calles.

Está contento con las reformas y aprecia que ahora pueda comentar abiertamente sobre política.

Dice que vino a orar para que los cambios continúen. Pero el decursar de los hechos históricos contemporáneos, dice, le hace sentir que todo esto es tenue.

Para el analista político Hallelujah Lulie, la situación en Etiopía aún arroja desafíos que pueden poner de cabeza a la segunda nación más poblada de África.

‘El sistema federal implementado en 1991 ha dado poder a los grupos étnicos. Y estas personas se están dando cuenta ahora de los derechos que les fueron otorgados constitucionalmente’.

En muchos sentidos -puntualiza- todas esas fuerzas empujan hacia la concreción de mayores libertades. Les guste o no a las élites o a los etíopes comunes, tendrán que negociar un camino para avanzar.

‘La infraestructura para la protesta sigue intacta; solo hay que esperar a ver si se democratiza o perece’, dice Lulie.

Durante décadas, la ciudadanía vivió con miedo, explica el comentarista Mehret Debebe; pero ahora, tienen la oportunidad, la libertad, de explorar esa sombra metafórica.

‘La forma en que lo veo es que la sociedad no solo está despertando sino que también está un poco perpleja en un proceso de búsqueda del alma’, manifiesta Debebe.

Es un momento de repensar todo, desde la guerra con Eritrea hasta la democracia y los legados de ciertos emperadores, destaca.

‘Alguien dirá: ‘Esta persona es el héroe de mi vida’, y la siguiente persona dirá ‘Esto es un criminal», añade el especialista. ‘Y ambos pueden estar en lo cierto. Y tolerar y tener eso en el mismo país, para mí es una experiencia muy hermosa’.

Es hermoso, repite, pero también peligroso.