Etiopía y las iglesias bajo tierra ‘esculpidas por ángeles’

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Muchos aseguran que visitar las iglesias bajo tierra en Lalibela (norte etíope), sometidas hoy a reparación capital, es una experiencia renovadora, al punto de cambiar el escepticismo de algunos sobre la existencia de una divinidad.
De los nueve sitios del Patrimonio Mundial de Etiopía, los recintos religiosos excavados en las rocas, además del Obelisco de Aksum, Fasil Ghebbi en Gondar y las estelas de Tiya están bajo un proceso de restauración integral este año, que ya muestra avances significativos en la conservación de los valores históricos, según fuentes oficiales.

Las iglesias de Lalibela, apodada la ‘Octava maravilla del mundo’, todavía están en uso activo; representan el vértice de una tradición de construcción del templo subterráneo etíope que data de la llegada del cristianismo, aproximadamente en 330 d.n.e.

Son el orgullo de esta nación, pero han sufrido daños considerables debido a su edad, aseguró el director de la Autoridad para la Conservación del Patrimonio Cultural, Haile Zeleke.

Cada una de las 11 estructuras monolíticas está insertada dramáticamente en el paisaje montañoso, hundida de 40 a 50 metros en la tierra y perforada con aberturas cinceladas en forma de cruz para permitir que la luz del sol penetre en su interior vacío.

‘Siempre he cuestionado la existencia de Dios, pero en el pueblo de Lalibela me presentaron pruebas bastante importantes’, manifestó, en tono medio en broma medio en serio, Jack Barker, investigador británico que participa en los trabajos de conservación.

Hay varias teorías en torno a la creación de estos lugares de culto; algunos creen que fueron talladas por los caballeros templarios, cruzados cristianos que estaban en la cúspide de su poder, durante el siglo XIII, cuando las iglesias fueron creadas, pero no hay pruebas concretas de esto.

La hipótesis más difundida -y la propagada por el pequeño museo situado cerca de la entrada de las edificaciones- es que fueron talladas bajo las órdenes del rey Lalibela, emperador de Etiopía desde finales del siglo XII e inicios del XIII, quien visitó Jerusalén en 1187 justo antes de que la Ciudad Santa cayera en manos de las fuerzas musulmanas.

Lalibela construyó estas iglesias con la intención de dar la bienvenida a los cristianos a una ‘Nueva Jerusalén’, refirió Barker.

Sin embargo, el museo no parece enfatizar esta teoría; su exhibición de herramientas de construcción incluye sólo una frágil azuela en forma de hacha que los sirvientes supuestamente solían usar para esculpir los edificios desde el suelo. Incluso contando con 900 años de desgaste, parece más adecuada para arrancar las malas hierbas de la tierra que para tallar rocas, apuntan expertos.

Ante las dudas, los miles de fieles que asisten a los servicios diarios aceptan una explicación mucho más divina: que el rey fue ayudado por un ejército de ángeles, que completó las 11 iglesias en una noche.

Desde la distancia, el único signo de estos templos subterráneos es el flujo de gente que entra y sale de las grietas, causante en buena medida del deterioro, en opinión de Zeleke.

Las visitas tienen que ser cronometradas para los momentos en que las congregaciones disminuyen, usando los descansos en los servicios para acordar qué pasadizo, a veces ni lo suficientemente ancho para una sola persona, conduce bajo la tierra. Es obligatorio quitarse los zapatos cuando vas a entrar, una por la tradición, dos por el cuidado esmerado que ameritan estos lugares, detalló el funcionario.

Cuenta Barker que al notar esos indicios de decadencia, tuvo sus dudas acerca de los orígenes divinos de las iglesias: ‘seguramente si hubieran sido construidas por ángeles, todas estarían en perfecto estado’, bromeó, en declaraciones recogidas por la prensa nacional, que dedicó reportajes a las labores de restauración.

No obstante, apuntó el propio investigador, al ver el ir y venir constante de fieles, los elementos en tela de juicio casi se disipan.

‘Ellos tienen la fe, y eso es suficiente’, concluyó.