Etiopía: la guerra sin cuartel para mejorar el sistema de salud

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La imagen de niños esperando para ser examinados de sus vacunas en el pueblo de Germama, Etiopía, recorrió los periódicos esta semana para poner rostro a uno de los principales desafíos de esta nación: el sistema de salud.
La foto mostraba una casa hecha de barro y paja, con las paredes cubiertas por una fina capa de uralita para protegerla de las lluvias y el viento, similar a otras que agrupan a alrededor de 150 familias, desperdigadas por la campiña entre campos de teff, un cereal de grano muy pequeño y color marrón oscuro cultivado desde hace más de cinco mil años en el país, del que es originario.

En esa casucha descolorida al borde del camino trabaja Hana Alemu, quien forma parte del Programa de Extensión Sanitaria (PES), una idea que se ha llevado uno de los mayores aplausos de la comunidad internacional.

El cemento y el asfalto cubren casi todas las ciudades etíopes, cuya rápida expansión en las últimas décadas dejó problemas estructurales como la falta de agua potable, la ausencia de saneamiento o la polución.

Son retos añadidos a la desnutrición, las muertes infantiles y maternas, el VIH o la tuberculosis. Enormes problemas que el PES, tras 15 años en funcionamiento, trata de encarar inventando la forma de superar la falta de medios.

El desafío es enorme: atender las necesidades médicas de los más de 100 millones de habitantes de este país del denominado cuerno africano.

Por lo pronto, esos pequeños puestos, como aquel en el labora Alemu, se intentan extender a través de toda la geografía nacional.

De momento, cada uno atiende a no más de mil personas en las zonas más apartadas, dependientes de centros con mayores recursos en concentraciones poblacionales más grandes y que a su vez dan cobertura a una media de 25 mil seres humanos, los más desfavorecidos, los más apartados de la sociedad.

Haciendo frente a toda esta maraña de dificultades, el sistema de salud logró reducir en cerca de un 70 por ciento la mortalidad infantil en 20 años, según el informe A Promise Renewed, del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

En 1990, se estima que 205 niños de cada mil morían antes de cumplir los cinco años; sólo seis países tenían peores datos. Los últimos datos muestran que en 2015 la tasa había descendido a 59.

No obstante, los números siguen siendo demasiado altos para los objetivos con los que trabajan los organismos internacionales de alrededor 30 muertes de menores de cinco años por cada mil habitantes.

Debido a la falta de profesionales cualificados, los poderes públicos llevan años apostando por soluciones de urgencia para intentar mejorar las cifras.

La idea de la extensión pasaba por formar a toda velocidad a agentes sanitarios, encargados de brindar los servicios a unos ciudadanos acostumbrados a intentar usarlos solo en casos extremos. En las áreas urbanas, visitando a la población correspondiente a cada centro de salud. En las rurales, a través de pequeños puestos de salud, consecuentes con las reticencias culturales propias de cada lugar.

Esa estructura se complementa con los ejércitos de desarrollo sanitario, que enrolan a cabezas de familia (en la práctica, a las mujeres) para involucrarlas en el cuidado de la salud de la aldea o barrio, especialmente en temas como la salud materna o la planificación familiar.

‘Es un camino difícil en el que queda mucho por hacer, pero es el buen camino, sin duda, el programa de extensión sanitaria es una pieza fundamental para la educación en materia de salud de toda la población etíope’, asevera Nathaniel Kaye, responsable de relaciones públicas del Hospital St. Paul de Addis Abeba.

‘Implementar un plan como este, donde la tasa de analfabetismo es todavía muy elevada en las zonas campestres es una odisea’, cuenta Christian Tadele, experto del directorio del sistema de salud primario del Ministerio de Salud.

Porque, hasta que aquel doctor llamado Tedros Adhanom empezó a poner en práctica este proyecto como titular de sanidad (2005-2012), Etiopía sangraba, lloraba muertes evitables por decenas de hasta 145 por cada mil habitantes en el año 2000.

‘Nos centramos en enseñar las reglas básicas de un comportamiento saludable y responsable, desde lavarse las manos después de pasar por el baño, hasta la concienciación del uso de anticonceptivos y de la importancia de dar a luz en un centro con garantías’ cuenta Hana Alemu.

Ella lleva casi ocho años en este pequeño puesto y presenció cómo los habitantes de la zona han ido aceptando nuevas reglas de convivencia. ‘La gente viene, se interesa… es una institución establecida en la comunidad y muy respetada’.

Una letrina puede parecer algo muy simple, pero es un cambio enorme en granjas donde la falta de servicios solía causar multitud de enfermedades, muchas de ellas potencialmente fatales.

Las agentes sanitarias visitan a todas las familias del área que tienen asignada y tratan de controlar los brotes de afecciones, hacen un seguimiento a los pacientes dados de alta o del estado nutricional de los niños y se aseguran de que todos continúen su tratamiento.

‘Me gusta ayudar a la comunidad, pero este trabajo es muy duro: son muchas horas’, dice Ayhalem Bekele, una de las que trabaja en el centro de Afincho Ver.

Los datos oficiales muestran que esta ‘extensión’ de los servicios sanitarios tiene un impacto en el uso de métodos de planificación familiar. Las colaboradoras como Bekele explican el funcionamiento a las mujeres, y éstas lo comentan entre ellas en el seno de los ejércitos de desarrollo sanitario. Incluso, reparten preservativos en sus comunidades.

El porcentaje de féminas casadas de entre 15 y 49 años que usan algún tipo de método anticonceptivo moderno (como implantes o inyectables) pasó del 6seis por ciento en 2000 al 36 por ciento en 2016.

Pero todavía cuatro de cada 10 mujeres etíopes en ese rango de edad dicen que sus necesidades de planificación familiar no se ven cubiertas.

‘Ahora hay más gente que exige un servicio, y eso nos obliga a evolucionar’, concluyó Bekele.