Etiopía-Eritrea, una paz agridulce para los refugiados

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Cuando Samuel Berhe piensa en Eritrea, ve los edificios de color arena y el agua turquesa de la costa de Asmara, como si fueran un sueño lejano.

Visualiza el bar de su hermana debajo de la casa de la familia en el centro de la capital, donde se venden tostadas dulces y cerveza; las imágenes de su padre, que a los 80 años está perdiendo la vista, nunca le abandona.

Piensa también en su hogar, un lugar que no puede alcanzar.

Berhe, como muchos otros eritreos, huyó del país hace algunos años para escapar del servicio nacional obligatorio, que el Gobierno hizo indefinido después de la guerra fronteriza entre 1998 y 2000 con Etiopía.

El conflicto bélico costó a ambas naciones unas 80 mil vidas, mientras la conscripción creó una generación de refugiados.

Según estimaciones de Naciones Unidas, en 2016 había 459 mil exiliados de ese territorio, cuya población estimada es de 5,3 millones.

Así, cuando el primer ministro, Abiy Ahmed, y el presidente, Isaias Afewerki, firmaron un acuerdo de paz repentino en julio, la mayor parte de la ciudadanía se regocijó.

Muchos salieron a las calles portando las dos banderas. Otros eligieron las redes sociales para expresar su felicidad, y algunos incluso llamaron a extraños, ya que las líneas telefónicas entre los Estados fueron nuevamente reintegradas.

Se sentía como si hubiera comenzado una nueva era de armonía y prosperidad pero para Berhe, el momento fue agridulce.

‘Estaba contento porque es bueno para nuestra gente, pero también estaba triste, porque no me cambia nada’, comentó a Prensa Latina desde su casa en Addis Abeba. ‘Me quedaré como refugiado’.

Al igual que muchos otros emigrantes, se fue ilegalmente y teme que si regresa, termine en la cárcel o algo peor. No tiene pasaporte y no ha salido de aquí desde que llegó en la parte trasera de un camión de carga hace 13 años.

Sus dos hijas, Sarah, de nueve años, y Ella, de 11, para quienes es padre único, nunca han visto a sus abuelos ni a la patria de sus antecesores.

Ahora que hay un vuelo directo, planea enviar a las niñas a ver a sus familiares.

No obstante, retornar es otra cosa: necesitará algún tipo de garantía de parte de Afwerki, quien dirige el gobernante Frente Popular para la Democracia y la Justicia, que establezca el perdón a los que se fueron.

‘Las autoridades nos ven como traidores’, manifestó. ‘Hay muchos, muchos como yo, en todo el mundo, demasiado temerosos para volver’.

Aún así, cientos lucharon para abordar los primeros vuelos entre las dos capitales durante julio y agosto.

Los aeropuertos se convirtieron en símbolos de la reunificación ya que hordas de personas esperaban a los suyos con ramos de flores todos los días, algunos de los cuales no se habían visto en más de dos décadas.

‘Cuando veo a tantos sonriendo, reuniéndome, deseo ser como ellos. Ser libre. Tienen suerte’, subrayó.

Zala Mekonnen, de 38 años, una de las eritreas que esperaban llegadas a Addis Abeba, puntualizó que había renunciado por completo a la idea de que las dos naciones, antes un país, reavivaran las relaciones.

Mekonnen, que es mitad etíope, encontró las consecuencias del conflicto especialmente difícil pues su familia estaba separada por la mitad.

En julio, su madre vio a su tío por primera vez en 25 años.

‘Estamos contentos, pero ojalá [Afwerki] vaya a dejar en libertad a esos niños pequeños [de la conscripción]’, indicó. ‘Espero que Dios escuche, porque muchos de ellos murieron mientras intentaban escapar. Una generación completa perdida’.

Laura Hammond, profesora de estudios de desarrollo en la Escuela de Estudios Orientales, consideró probable que Afwerki presione para que Etiopía envíe de regreso a quien buscan asilo.

‘La dificultad es que, mientras los dos países están normalizando los vínculos, la situación política dentro de Eritrea no está cambiando tan rápidamente’, añadió Hammond.

‘Existen temores importantes sobre lo que les sucederá a quienes abandonaron el territorio de manera ilegal, incluso en algunos casos escapando de la prisión o de su servicio nacional’.

Sentadas frente al televisor, las dos hijas de Berhe beben té negro y miran un desfile religioso transmitido por el canal nacional eritreo.

El padre, que tiene estatuto de refugiado temporal, admite que una cosa que ha cambiado con el acuerdo de paz es que la emisora del estado ya no transmite escenas perpetuas de guerra.