Estados Unidos-Somalia, mayor presencia…y nuevos riesgos

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Por Antonio Paneque Brizuela
El año que cierra significó para Estados Unidos en Somalia una secuencia de aproximaciones mediante declaraciones que fluctuaron entre el aumento de su presencia militar y la diplomática y política en aquel país del Cuerno de África.

Un buen número de las decisiones de Washington sobre Mogadiscio durante 2017 aludieron al incremento de sus tropas y de su personal diplomático, aunque el gobierno incumple aún sus pronósticos de reabrir este año su embajada en la nación donde sufrió en 1993 su principal derrota después de Vietnam.

Luego de 24 años de aquel fiasco militar frente a guerrillas locales, que obligó a retirar sus tropas al presidente del momento, William Clinton, la acción estadounidense continúa allí mediante unos 400 militares, comprendidos asesores, y ataques de aviones sin tripular (drones) que matan por igual a terroristas y a civiles.

Ambas formas de aporte bélico agravan el conflicto en Somalia, 24 años después de la estrepitosa derrota, que representó para Washington un conteo militar de protección y su dramático reflejo en la literatura y el cine bajo el título de La caída del halcón negro (Black Hawk Down).

El empleo de aviones sin tripular es sin dudas la forma más visible de esa presencia de Washington, pues son sistemáticos esos ataques contra diversos objetivos, que incluyen desde el ajusticiamiento de líderes del grupo islamista Al Shabab, hasta el bombardeo contra cualquier conglomerado de civiles inocentes.

El accionar de esos aviones-robot es fácil de ejecutar pues las naves despegan con plena libertad desde una base de Estados Unidos en Djibouti, país donde existen enclaves de países occidentales como Francia y Japón y el refranero popular asegura que allí ‘cualquier potencia tiene una base’.

Pero esa guerra aérea requiere presencia humana en tierra, mucho más con el creciente aumento de acciones de Al Shabab, principal objetivo de Estados Unidos, sobre todo tras las recientes ofensivas anunciadas por el presidente, Mohamed Abdullahi, quien, por cierto, también tiene nacionalidad estadounidense.

En realidad, Estados Unidos nunca se fue del todo del país, pues se mantuvo siempre involucrado allí de forma militar, sin renunciar tampoco a un regreso más oficioso, después de la derrota de 1993.

Tras aquel affaire bélico, Washington siempre pensó en restaurar su presencia, tanto diplomática como militar, tras el envío en 2010 de dos docenas de instructores y consejeros, por primera vez en 20 años, y de otra fuerza en abril del presente 2017.

Estados Unidos desplegó este último contingente para el entrenamiento de las fuerzas armadas y la colaboración con la Misión de la Unión Africana en el país, principal soporte del Ejército contra los integristas islámicos.

Esa presencia también tuvo su descalabro durante un combate en mayo último contra los extremistas, con saldo de un soldado muerto y otros dos heridos entre las tropas especiales (Navy SEAL), primeras bajas estadounidenses de ese tipo desde la debacle de 1993, esta última con 19 muertos, 79 heridos, dos helicópteros derribados y otros tres dañados.

El retorno por vía diplomática, por su parte, tuvo también una nueva señal, con el anuncio el 23 de junio pasado del embajador estadounidense en el país (con residencia en Nairobi, Kenya), Stephen Schwartz, de que su gobierno habilitaría allí de nuevo una embajada a fines de año.

Schwartz, nombrado en el cargo en julio de 2016 y cuya antecesora fue Katherine S. Dhanani, quien asumió en 2015 el cargo, precisó que su país aprobó la construcción de una nueva edificación, cuyo personal continuará el trabajo iniciado tras el reconocimiento por Washington en 2013 del nuevo gobierno federal de Somalia.

En fecha más cercana, el 5 de diciembre pasado, Estados Unidos firmó otro acuerdo ‘de cooperación’ con Somalia, como parte de su nueva estrategia de acercamiento con el país africano emprendida después del atentado del 14 de octubre último que causó 512 muertos, el segundo más sangriento de la historia humana, después de los del de 2001 en Estados Unidos con saldo de tres mil fallecidos.

Las negociaciones ahora y el pacto bilateral de 300 millones de dólares ‘para el desarrollo’ suscrito del lado estadounidense por su Agencia para el Desarrollo Internacional, encargada de ayuda exterior no militar, sirve de soporte civil a la cruzada para incrementar la presencia de Washington en el país del Cuerno de África.

Esa última campaña comenzó apenas días después del sangriento ataque con una declaración del Departamento de Defensa, que confirmó sus preparativos para el reforzamiento allí de sus soldados y asesores, estimados por distintas fuentes en unos 400. Medios africanos de prensa subrayaron la coincidencia de la decisión de Washington con el caos generado en Somalia por el doble ataque mediante dos camiones con 500 kilogramos de explosivos, cuya cifra inicial anunciada de 358 muertos fue rectificada por la de 512 el 2 de diciembre último por un denominado Comité de Operaciones de Emergencia (COE), que catapultó aquella acción del tercer sitio al segundo en la escala de letalidad de acciones terroristas.

La instrumentación de esa estrategia posterior al atentado, esta vez sin reivindicar por el grupo islamista Al Shabab, pero atribuido a esa organización por el gobierno, se corresponde con las anteriores declaraciones de Washington sobre el incremento de su presencia militar y diplomática.

‘Estaremos preparados para apoyar al gobierno de Somalia cuando lo pida. Ahora analizamos qué podemos aportar’, subraya un texto difundido por el Departamento de Defensa, horas después de las explosiones de los dos vehículos en la zona más céntrica y poblada de Mogadiscio.

La potente carga explosiva causó en total 869 bajas, incluidos 295 heridos y numerosos desaparecidos, una parte de ellos reducidos a cenizas en edificios como el Safari Hotel, donde unos 200 quedaron atrapados y otros calcinados en el incendio de decenas de vehículos parqueados o en circulación por la zona, según el presidente del COE, Abdulahi Mohamed Shirwac.

La peor acción homicida en la historia de Somalia y de África, que algunos medios calificaron de ’11 de septiembre somalí’, removió históricas interrogantes de especialistas y ciudadanos comunes, entre ellas respecto a ‘por qué uno de los ataques más mortíferos del mundo no atrae tanta atención como las agresiones de extremistas en otras partes’, según publicó un medio de prensa.

Mientras tanto, fuentes especializadas en este tipo de atentados recuerdan que los peores antes de este fueron los del 11 de septiembre de 2001 por el impacto de aviones en Nueva York, Washington DC y Pensilvania, con tres mil muertos; y el del 1 de septiembre de 2004 en Rusia, ejecutado por unos 30 extremistas chechenos que causaron 331 fallecidos en Osetia del Norte.