El Sahel sediento de seguridad en 2018

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Por Julio Morejón
Algunos proyectos en la región del Sahel convergieron en un objetivo declarado: poner fin al terrorismo, el cual además de destruir vidas y bienes, hace temer una escalada global y amenaza más allá del propio espacio africano.

 

Así transcurrió un año con intentos de restablecer el orden y la seguridad subregional, afectadas por los grupos armados cultores de amarguras y seguidores de una doctrina torcida que ataca la convivencia, procura ahondar contradicciones mortales y, de hecho, nada tiene que ver con la práctica humanista del Islam.

En esos destacamentos se incluyen: Ansar Dine (Defensores de la Fe), Mujao (Movimiento para la Unicidad y la Jihad en África Occidental) y los efectivos menos agrupados formalmente pero en extremo peligrosos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), así como el llamado Frente de Liberación de Macina.

El año que concluye se evidenciaron cambios en las formas de operar de esas formaciones, así como en la reconfiguración de sus estructuras, por ejemplo con el reforzamiento del Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (Frente de Apoyo al Islam y a los Musulmanes), que ejecutó ataques planeados al parecer a partir de experiencias afganas.

Temas interesantes en Mali fueron en este 2018 el interés oficial en hacer avanzar los proyectos institucionales emanados del acuerdo y el concerniente proceso de paz entre el Gobierno y los movimientos armados de la comunidad tuareg, que habita mayormente en la región septentrional del país.

Hubo descanso en los enfrentamientos de facciones de esa población que se pronuncian a favor de la unidad del Estado y apoyan la línea oficial, y los que persisten en el empeño separatista de restablecer el Azawad, la zona en la que plantean se halla la cuna de los tuareg, pero que actualmente comparten varios países sahelianos.

El esquema de integración G-5 Sahel (Burkina Faso, Chad, Malí, Mauritania y Níger) se pronunció por fortalecer su capacidad defensiva para enfrentar la escalada terrorista de células extremistas de confesión islámica que en gran medida emergieron tras la desarticulación libia y el asesinato de Muammar El-Gadafi en 2011.

Pero esa propuesta carece de los fondos requeridos, gran parte de las promesas de financiamiento no se concretaron, aunque la iniciativa de actuar en forma conjunta y en respaldo a las fuerzas nacionales recibió el beneplácito internacional.

Europa consideró esa decisión norafricana era estratégica para la salvaguarda de su ‘frontera sur’. En esa línea de acción colectiva Costa de Marfil y Burkina Faso lanzaron el 15 de noviembre una operación conjunta llamada Koudanlgou II en las áreas sur y oeste de este último contra la delincuencia, el terrorismo, el contrabando y el narcotráfico, acción que sucedió a otra organizada en mayo pasado.

El 2018 se despide sin informes de grandes transformaciones esenciales al menos parte de la estructura de dependencia socio-económica y de pertinaz miseria que adolece el Sahel, donde existen riquezas consideradas vitales en todos los campos, pero también donde la equidad en la distribución falló.

Si bien la insurgencia integrista pone en riesgo todo modelo de seguridad en la franja semidesértica de unos tres millones de kilómetros cuadrados, la reacción de Occidente de promover la militarización del área no resuelve problemas básicos que de hacerlo podría cortar los tentáculos del terrorismo.

Se repite hasta el cansancio que unos cinco millones de personas pasan hambre en seis países del Sahel y 1,6 millones de niños están en riesgo de sufrir desnutrición aguda grave, según índices de la Organización Mundial de la Salud (OMS), compartidos por otras agencias de ONU.

La solución para ese mal no está en la militarización subregional, aunque los alabarderos del belicismo continúen asumiendo posiciones inamovibles sobre el asunto y antepongan el empleo de la fuerza extrema -con acento agresivo- por delante de opciones constructivas y esa visión, en la mayoría de los casos, complica todo, coinciden analistas.

Cuando se trata de la seguridad se incluye no solo la militar, sino también la humanitaria, así como el respeto a la legalidad y a los derechos humanos, pero para interés de la recolonización nada de eso existe ni se requiere, para eso es mejor lanzar ofensivas con balas de combate y misiles ideológicos.

El Sahel con más de 150 millones de pobladores y una cifra similar de problemas no resueltos en su historia colonial y postcolonial, y con una gran amalgama de comunidades que requieren mejorar sus condiciones de vida, deviene perfecto escenario para inocular más belicismo y practicar la intromisión, calculan las potencias que tienen intereses en la región.

ENTRE TRAMPAS

Las debilidades sufridas por sus Estados subdesarrollados, hacen que cada vez las contradicciones presentes en el Sahel sean más intensas y no es de dudar que esa situación conlleve a aceptar medidas de urgencia, cuyo costo luego pueden resultar muy desventajosos.

Al cierre del 2018 la calidad de vida en esa zona se vio afectada por la sequía y el aumento de los precios de los víveres sobre una población de escasos recursos económicos, y con una bajísima cobertura médico-sanitaria, factores que se conjugan para evaluar cómo se comportan los estándares de subsistencia.

Según anotaron medios de prensa, ‘Unos cinco millones de personas pasan hambre en seis países del Sahel y 1,6 millones de niños están en riesgo de sufrir desnutrición aguda grave, según índices de la Organización Mundial de la Salud (OMS), compartidos por otras agencias de ONU’.

Se puede militarizar la zona, de hecho, los países centrales lo están haciendo y entienden que es lo correcto, los gobiernos del área lo admiten como una necesidad inmanente para salvar sus respectivos proyectos, pero eso deja a un lado otros problemas de seguridad general (o integral) fuera del tema de la defensa armada.

La solución allí de la crisis humanitaria tan mencionada en 2018, continúa siendo una asignatura pendiente, ante la cual los Estados donantes reaccionan, aunque se inhiben de ofrecer una respuesta completa y en gran parte de los casos los aportes son puntuales, para una zona o un sector, operan igual que las inversiones.

Hasta aquí dos asuntos que sobresalieron en el año que concluye en la franja africana del Sahel: el interés de dar prioridad al tema de la seguridad con acciones de defensa y militarización para enfrentar al extremismo de cariz confesional, y el problema de la crisis humanitaria en esa región, para algunos expertos la más pobre del mundo.