El coste de la expropiación de tierras para los agricultores etíopes

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Todos los meses, el productor de café etíope Zelalem Tadesse realiza el largo y arduo viaje hasta el tribunal más cercano para luchar por el retorno de la tierra que heredó de su padre.
Durante años, este hombre de 46 años cultivó su pequeña parcela en los bosques del sudoeste de Etiopía; ya no lo puede hacer más porque, según cuenta, se la arrebató una granja comercial cercana.

‘El traslado hasta la corte en Jimma o en Addis Abeba es muy caro, muy engorroso. Pero mi vida depende totalmente de esta pedazo de suelo’, comentó a Prensa Latina.

Zelalem no posee títulos de propiedad formales y aunque la nación reconoce algunos derechos consuetudinarios al respecto, en la práctica a menudo son ignorados por las autoridades locales y los inversionistas, según expertos.

Por ello, él y sus vecinos en Chira, una diminuta ciudad dependiente de la producción de café, se quejan de que sus medios de vida están siendo exprimidos por contratistas.

La ira por las expropiaciones y las compensaciones injustas impulsaron las protestas en esta región y en otras partes del territorio nacional desde finales de 2014, lo que llevó a la imposición del estado de emergencia y finalmente a la ascensión de un nuevo primer ministro, Abiy Ahmed, en abril.

El amigo de Zelalem, Tilahun Mamo, manifestó a esta agencia que él también llevaría a juicio a cierto inversor por injusto embargo, mientas agitaba una carta entregada al gobierno local a principios de este año.

‘Tomó mi porción en 2011’, dijo. ‘Ha sido un problema desde hace siete años. Pedí una indemnización, pero se rieron de mí. No ha habido ninguna movida a mi favor en absoluto’.

‘Nos prometieron empleo, acceso por carretera, electricidad y un centro de salud’, agregó. ‘Pero nada de eso sucedió’.

Las quejas cobran mayor fuerza en esta parte del Estado, donde muchos dependen de los bosques de café y donde la competencia por tierras es a menudo intensa, detalló el especialista del Ministerio de Agricultura, Daniel Kebele.

Etiopía es el mayor productor del grano de África, que contribuye al sustento de más de una cuarta parte de los 100 millones de habitantes.

Las forestas del sudoeste -que se cree son el lugar de nacimiento del café y el centro de su diversidad genética- han sido durante mucho tiempo una frontera para la expansión agrícola, en forma de autorizaciones a gran escala o invasión gradual por parte de pequeños propietarios, puntualizó Kebele.

En las últimas cuatro décadas, se estima que un tercio de la cubierta forestal allí se ha perdido de esa manera.

Una plantación en la región, propiedad de un importante inversor de Arabia Saudita, es la más grande del mundo y cubre unas 22 mil hectáreas, ejemplificó.

Un estudio reciente de la Universidad de Estocolmo descubrió que más de mil 500 hectáreas de bosque en el distrito de Gera, cerca de Chira, fueron transferidas a empresas privadas, en su mayoría etíopes, a fines de la década de 1990 y en la primera de 2000.

Algunas inversiones son especulativas: el líder del distrito, Abdulaziz Muhammed, aseguró que no todos los inversores que adquirieron tierras la estaban cultivando.

Muhammed dijo que la compensación otorgada a los agricultores, a quienes les pagaron entre 200 y cinco mil birr etíopes (entre siete- 180 dólares), no fue suficiente.

Sin embargo, un gerente de Trakon negó que la retribución haya sido inadecuada.

‘Además del monto, no les estamos impidiendo que usen su tierra’, argumentó bajo condición de anonimato. ‘Los agricultores no se quejaron cuando comenzó la construcción. Solo más tarde comenzaron a exigir una indemnización’.

Hoy los observadores defienden enfoques alternativos, como la gestión forestal participativa, que otorga a las asociaciones de agricultores locales el derecho de seguir ganándose la vida fuera del bosque y al mismo tiempo ayudar a detener la deforestación.

‘Es fácil simplemente culpar a los inversores’, apuntó Mulugeta Lemeneh, jefe de programas de Etiopía en Farm Africa, que trabaja con las comunidades agrícolas para reducir la pobreza.

‘Pero para un país pobre como éste no hay mucha alternativa al uso de nuestros recursos naturales. Lo que necesitamos es una inversión responsable’, concluyó.