Diálogo prometedor para Sudán del Sur

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Por Moisés Saab

El abrazo días atrás en un banquete entre el presidente Salva Kiir y el exvicepresidente Riek Machar, los rivales de la guerra civil en Sudán del Sur, dejó una sensación de alivio y también muchas preguntas.

La reunión de los dos hombres en Addis Abeba, la capital etíope, fue resultado de una dilatada labor de parto conjunta de países próximos a Sudán del Sur y de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo del este de África (IGAD), tras casi dos años de negociaciones entre los beligerantes y varios acuerdos de tregua naufragados en los arrecifes del enfrentamiento entre Kiir y su rival más enconado, que no el único.

Machar fue vicepresidente hasta 2013, cuando el presidente lo cesanteó tras acusarlo de urdir un complot palaciego para asesinarlo y usurpar el poder; el incidente incendió un conflicto con proporciones de cataclismo.

Ni tardo ni perezoso, Machar sindicó al presidente como autor intelectual de asesinatos selectivos de miembros de la mayoritaria etnia nuer, a la cual pertenece.

Las primeras interrogantes sobre las posibilidades de éxito de la reunión personal estuvieron basadas en la factibilidad del encuentro y si produciría resultados para terminar con el conflicto que dura un lustro con resultados catastróficos: cuatro millones de refugiados, cientos de miles de muertos y millones expuestos a enfermedades por la hambruna debido a las sequías cíclicas en el oriente africano.

Los millones de desplazados sursudaneses serían suficientes para poblar cuatro países, Bahrein, Trinidad y Tobago, Estonia y Suazilandia y son el tétrico aporte de esa nación a otra tragedia moderna: la de los refugiados que el año pasado sumaron casi 69 millones de seres humanos que vagan por el planeta como parias destinados a una muerte temprana en algún camino polvoriento durante su calvario.

Días atrás los rivales accedieron a iniciar conversaciones personales, una posibilidad que parecía remota hace apenas unas semanas, después de meses del naufragio del más reciente acuerdo de tregua, negociado en diciembre pasado durante las conversaciones entre delegados de ambos también en Addis Abeba.

Las conversaciones están patrocinadas por varios gobiernos que ven en el conflicto sursudanés una causa de desestabilización y, por lo tanto, obstáculo para sus respectivos desarrollos económicos y, sobre todo, estabilidad interna.

En paralelo corren las repercusiones económicas internas que ocasionan los millones de refugiados en los estados vecinos, a los cuales las más de las veces el apoyo humanitario llega en cuentagotas o es inexistente.

Lo curioso de este caso es que Sudán del Sur, de población africana y confesión cristiana y animista, proclamó su independencia del norte, de mayoría árabe y creencia musulmana, tras una cruenta guerra de liberación y la convocatoria de un referendo en el cual el 98,3 por ciento de los electores votaron por la separación.

La independencia dejó en las manos del estado más joven del planeta inmensas riquezas petroleras, pero también la miseria horrenda de una población subescolarizada, además de la inexistencia de infraestructura económica e industrial.

En el trasfondo del conflicto entre ambos hombres, alguna vez aliados en la guerra contra el predominio del norte, es evidente que subyace un componente étnico ya que el presidente es del grupo minoritario dinka.

O lo que es igual, lucha por el poder para imponer el predominio de una etnia sobre las demás, esa lacra que persigue a África a través de la historia, aprovechada por las exmetrópolis europeas para establecer su ocupación y, después, para perpetuarlo durante siglos, como ocurrió en Sudáfrica, el caso más notorio por prolongado, que no el único.

Ahora, ambos líderes se han sentado a la mesa de negociaciones para encontrar una fórmula de compromiso que desemboque en el silencio de las armas y, sobre todo, el fin del suplicio por el que atraviesan los sursudaneses, víctimas de un conflicto del que son convidados de piedra.

Hasta principios de semana el horizonte del diálogo era sombrío y solo había producido una iniciativa: incorporar al gabinete sursudanés un delegado de las fuerzas insurgentes.

Pero había un factor exógeno que debía tomarse en cuenta: los presidentes de Uganda, Yoweri Museveni, de Sudán, Omar al Bachir, y el keniano Uhuru Kenyatta, convergieron en Jartum, la capital sudanesa, para asumir el papel de facilitadores.

De esos mandatarios, los de Uganda y Kenya tienen intereses directos en que los dialogantes encuentren una fórmula de compromiso que les permita cohabitar lo suficiente para permitir el retorno a sus hogares de los desplazados y aliviar la presión que ejercen sobre sus situaciones internas.

En el caso de Sudán, el principal enemigo de la víspera, la necesidad es más acuciante ya que de la tranquilidad depende el reinicio de la extracción de petróleo en el sur, lo que significa sus ingresos por ese concepto y el consiguiente alivio de la crisis económica que atraviesa.

El mes pasado las autoridades sudanesas se vieron obligadas a adoptar un plan de austeridad de emergencia ante el descenso de su disponibilidad de divisas fuertes.

Todo aconsejaba cautela y mesura a la hora de los pronósticos, cuenta habida del abismo que separa a los contendientes, obligados a posponer ambiciones personales y allanar el camino a negociaciones en profundidad previo un acuerdo de cese de hostilidades y, a plazo mediato, otro para compartir el poder, salida más objetiva en las actuales circunstancias.

Pero necesidad obliga y, a pesar de los inconvenientes, el martes 26 de junio Kiir y Machar rubricaron un acuerdo de paz temporal para un cese del fuego permanente, supervisado por fuerzas de la Unión Africana y de la IGAD, y crear tres capitales paralelas transitorias para albergar a igual número de vicepresidentes.

En términos económicos, el instrumento signado por los contendientes establece que Sudán custodiará los campos de petróleo del sur para rehabilitar esas instalaciones y lograr el retorno a los niveles de producción anteriores al conflicto.

El instrumento abre posibilidades; ahora se trata de ver… y esperar.