Dandismo africano como antídoto a la miseria y el colonialismo

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Por Moisés Saab
Todo comenzó con la tacañería de los colonialistas franceses en la hoy República del Congo, que idearon pagar a sus sirvientes nativos con ropas usadas en vez de con efectivo, además para combatir la desnudez de la población autóctona que encontraban chocante.

Fue el origen de Les Sapeurs (Los Zapadores, en francés), un movimiento que dio pie a un dandismo africano que cruzó de los barrios misérrimos de Brazzaville a Kinshasa, la capital de lo que fue el Congo belga y, con el paso del tiempo, a todo un movimiento político y cultural en el cual el anticolonialismo encontró campo fértil.

El tema viene a cuento con la develación en Abiyán, la capital económica de Costa de Marfil, de una tarja en recordación de Papa Wemba, epítome de la rumba africana y, por si fuera poco, reconocido Príncipe de Les Sapeurs, muerto en plena actuación meses atrás.

En realidad, y contra lo que podría desprenderse de su inferencia militar, el nombre está formado por el acrónimo de la Societé de Ambianceurs et des Personnes Elegantes, (Sociedad de Ambientadores y Personas Elegantes) una especie de cofradía cuyo interés radica en resaltar por su vestuario, inalcanzable para la inmensa mayoría de sus coterráneos y cuya posesión les cuesta lo que tienen y lo que no.

Hoy día se les puede ver, en particular los sábados, por los centros de diversión de Brazzaville, en especial las cerveceras, distinguidos por sus trajes bien cortados y combinados, siempre con un toque africano: los colores fuertes como el rojo o el verde.

Lo menos que puede decirse es que se trata de un movimiento peculiar que en breve alcanzará el centenario de su nacimiento, lapso durante el cual evolucionó desde una posición de elitismo transculturador, por decirle de alguna manera, a una forma de pensar a la que se incorporó el anticolonialismo.

El movimiento de La Sapeurs encontró su identidad filosófica ideológica en las prédicas de André Grenard Matsoua, cabeza de un movimiento anticolonialista con visos religiosos, quien moriría cumpliendo una condena por trabajos forzados a los 42 años de edad.

Los Sapeurs, contra todos los vientos, evolucionaron de replicar los modales y la forma de vestir de los ricos y poderosos, a insertarse en un fuerte y peculiar movimiento cultural que incluye la música, en particular la soukos, o rumba congolesa, cuyo apóstol más aventajado fue Jules Shungu Wembadio Pene Kikumba, más conocido por Papa Wemba, el hombre que moriría en el escenario.

El modo de actuar de los Sapeurs ganó fuerza entre los jornaleros que regresaban de la Metrópoli, quienes les inspiraron a superar el sentimiento de inferioridad que durante siglos les habían inculcado los colonialistas extranjeros y a asumir el sentido de la nacionalidad como un mecanismo de defensa contra la dominación foránea.

Ese modo de mirar a la vida y a la sociedad tomaría fuerza y eclosionaría en los años posteriores a la II Guerra Mundial con el fortalecimiento de las organizaciones sindicales que propiciaron el proceso de descolonización en África subsahariana.

Un antecedente de esos movimientos de liberación no armados es la sociedad L´Amicale, fundada por Matsoua a fines de la década de 1920 en Brazzaville, una ciudad que vivía en dos dimensiones distintas, con sus apacibles cafés al aire libre y calles adoquinadas y la ensordecedora miseria de barrios como Poto Poto.

En menos de dos décadas, y absorbida por la élite intelectual, L´Amicale devino suerte de sociedad de socorros mutuos, dedicada en particular a proteger a los emigrados congoleños a quienes les estaba vedado asentarse en territorio francés so pena de encarcelamiento.

Era el elemento que faltaba para inclinar a la cofradía, y con ella a Les Sapeurs, a una postura contraria a la dominación colonial capaz de unir en un mismo haz a miembros de las etnias bakongo y balari en un objetivo común: la consecución de la independencia.

Atrás quedan los años de turbulencias en la República del Congo, pero Les Sapeurs emanan con un influjo que trasciende las noches de Brazzaville y Kinshasa, y llega a las manos de los diseñadores europeos, cautivados por la efusión de colores y la perfecta armonía con el corte impecable que han logrado esos peculiares dandis que a sus casi 100 años siguen vivos y pujantes.