Cuba y Etiopía, una alianza para construir futuro

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Por Richard Ruíz Julién
Desde la década de 1970, muchas escuelas cubanas se convirtieron en un auténtico crisol de nacionalidades con alumnos becados de muchos rincones del mundo, uno de ellos Etiopía.
En 1969 se inauguraron en la isla caribeña las primeras Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (Esbec), por las que pasaron muchos estudiantes africanos.

Se constituyeron tomando como base la idea de José Martí de que un niño debía ‘manejar por la mañana el cuaderno y por la tarde la azada’.

Tewolde Getachew llegó con 13 años a uno de esos centros, situado en la Isla de la Juventud, específicamente en septiembre de 1985, dentro de un cupo de 200 alumnos de esta nación del cuerno africano becados para estudiar.

El viaje en barco de La Habana a la Isla de la Juventud duró cinco horas, y desde la localidad costera Nueva Gerona se continuó en autobuses, porque la escuela estaba más al interior.

‘Fue un viaje interminable’, recuerda. ‘A la izquierda, campos de toronjas, a la derecha, campos de naranjas. En mitad de la nada, en el campo, la Esbec’.

‘El plan de educación cubano se basaba en el trabajo y en el estudio’, explica.

Se dividía la escuela en dos grupos. Tras el desayuno, a las siete de la mañana comenzaban las clases para uno de los grupos, y el trabajo agrícola, para el otro; luego del almuerzo se cambiaban los roles.

Todavía quedaba tiempo por la tarde para el ‘autoestudio’ y el deporte, subraya en entrevista con Prensa Latina.

Pero todo empezó un poco antes, cuando un tren salió de la ciudad de Dire Dawa rumbo a Addis Abeba, lleno de niños.

Los llevaron a Tatek, un campamento militar y después partieron en una embarcación. Era la primea vez que veían el mar.

‘Lo recuerdo como si fuera ayer’, asegura Nega Aberra, farmacéutico de 49 años, que se fue con 12 años y volvió con 24.

‘A los pequeños en el barco vomitando y llorando porque echaban de menos a su mamá; éramos críos’.

De Etiopía a Yemen, luego a Egipto, a las Islas Canarias y a través del Atlántico a Cuba. ‘No sabíamos nada de la distancia ni de la separación’, conviene Etagegn Hailu, economista de 45 años.

Las doctoras Haregeweyn y Senait, que ahora pasan de los 50, se hubiesen quedado. ‘Mi primer novio fue un cubanito. Por eso los quiero tanto’, bromea Haregeweyn.

‘Pero aquí tengo a mi mamá; además, me formé para ayudar a mi país’, aclara Senait. ‘Nos lo dieron todo sin recibir nada a cambio: la cultura del trabajo y nos educaron’, enfatiza.

‘Qué hubiese sido de nosotros si no hubiésemos estudiado allá’, conviene Wendesen.

‘Todavía no paro de recibir condolencias por la muerte de Fidel, sobre todos de mis paisanos del oriente de Etiopía. Allá las personas mayores se acuerdan con cariño de los soldados cubanos, pues convivieron con ellos durante la guerra con Somalia,’ cuenta Samson Alemu en su perfecto español.

Como ellos, cerca de cinco mil etíopes fueron a diversas provincias cubanas para recibir formación académica.

Algunos ya no viven en su nación de origen, pero regresaron por estos días para formar parte de las celebraciones por el 40 aniversario del inicio de aquel programa de becas.

Nesa, que trabaja en una clínica privada de Madrid, llegó a Cuba con 18 años para estudiar la carrera. A pesar de vivir en un medio donde impera el sistema capitalista, cree que ‘la mejor opción para lograr equidad y esperanzas es el socialismo’.

Mantiene los vínculos con Etiopía, a donde viaja ‘todos los años, porque puedo permitírmelo. Aquí veo de cerca el dolor de la población’.

Le gustaría ayudar a cambiar las cosas en su tierra. ‘Nunca es fácil, pero siempre se intenta. Veo que con iniciativas muy sencillas se puede transformar el sitio donde vivo’.