Covid-19, otra estación del viacrucis de África

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La Covid-19 demoró en alcanzar a África, pero llegó en febrero y hasta ahora contagió a más de 152 mil personas y provocó la muerte a unas cuatro mil 300.

Sudáfrica y Egipto lideran la estadística de la infección, cuyos daños en el continente algunos suelen retratar con los colores que más venden y atraen en publicidad.

Informados de las penurias de Europa, tras apartar prejuicios como que la población negra sufre menos el coronavirus o que el calor es su enemigo mortal, los gobiernos implementaron con urgencia medidas sociales y sanitarias para proteger sus poblaciones.

Ciertamente, donde están los 10 países más pobres del mundo, los índices de contagio y mortalidad de la enfermedad son menos dramáticos que en España, Italia, Estados Unidos u otros estados más desarrollados.

Teniendo en cuenta ese comportamiento, abundan opiniones que minimizan el alcance de la pandemia en la región, pero nada presagia que no se extienda, como mínimo, de la misma manera que en otras partes del mundo, pese a la ‘experiencia’ africana en el enfrentamiento a otras calamidades. Hay más razones para el pesimismo, que para el optimismo.

La Covid-19 es otra estación en el sempiterno viacrucis africano y no es osado avizorar lo peor.

Más de 560 millones de personas, según reportes oficiales, viven debajo del umbral de la pobreza en África, donde son precarios los sistemas de salud, los conflictos armados causan crisis humanitarias, la desnutrición golpea duro y es mínimo el acceso a servicios básicos.

A ese escenario, donde también comparten habitación la tuberculosis, la malaria y el sida, arribó la Covid-19, que reclama recursos humanos, desembolsos de los erarios públicos, donaciones y esfuerzos necesarios para atender esas endemias.

Para colmo de males, otros dos problemas asolan al continente en la actualidad, sobre todo la parte oriental. Uno, las intensas precipitaciones, causa de inundaciones, muertes, desplazamientos, problemas sanitarios e incalculables deterioros económicos.

Y el otro, la plaga de langostas del desierto, que es una de las peores en 25 años y arrasa cultivos, causa grandes pérdidas de alimentos y amenaza con hundir en la inseguridad alimentaria a millones de individuos.

Grosso modo, ese panorama encontró la Covid-19 en África, lugar de más del 13 por ciento de la pobreza mundial, donde el optimismo puede resultar un auténtico derrame de sal sobre una herida infectada.