Entre banquetes y hambruna se construye la futura Dubai de África

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No hace mucho tiempo, Yibuti apenas se conocía por los legionarios franceses, el calor atroz y sus viejas vías férreas que lo conectaban con Adís Abeba. En la actualidad, este pequeño país del Cuerno de África de tan solo 900.000 habitantes tiene grandes planes, como convertir su capital en la Dubai de África.

Desde su independencia de Francia en 1977, Yibuti se forjó una identidad regional de importancia estratégica y comercial donde se encuentra África con Medio Oriente y donde confluyen el mar Rojo y el golfo de Adén, con vista al corredor por donde pasan 30 por ciento de los barcos desde y hacia el canal de Suez.

“Es un lugar raro, realmente”, opinó un diplomático extranjero residente en Adís Abeba. “También es importante desde el punto de visto estratégico. No sé por qué no se informa más al respecto”, apuntó.

Una inversión china de más de 12.000 millones de dólares financia la construcción de seis nuevos puertos, dos nuevos aeropuertos, vías férreas y lo que se considera una de las mayores y más dinámicas zonas francas de África y que podría dar a esta capital una ventaja sobre sus competidoras.

“Unos dos millones de clientes africanos viajan al (emirato de) Dubai cada año”, indicó Dawit Gebre-ab, de la Autoridad de Zona Franca y Puertos de Yibuti, encargada del desarrollo de la infraestructura comercial en esta capital.

“Sabemos lo que hay en su lista de compras y podrían venir aquí”, apuntó.

En ese sentido, Yibuti también se conoce por su muy buena infraestructura militar, tanto para fortalecer la estabilidad regional como para frenar la piratería, que pone en riesgo a esa vía de circulación clave y que tras alcanzar un máximo de casos en 2011, cuando 151 barcos fueron asaltados y 25 secuestrados, disminuyó de forma drástica.

Otro diplomático extranjero consideró que Yibuti era un “oasis en un barrio malo”.

En 2014, el ejército estadounidense acordó ampliar su estancia en el país a 10 años, con la opción de extenderla otros 10 más, concentrado en el Campo Lemonnier, su sede africana.

El entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, describió el campamento como “extraordinariamente importante, no solo para nuestro trabajo en el Cuerno de África, sino en toda la región”.

Lo mismo ocurre con China. Además de sus inversiones en este país y de haber invertido enormes sumas en el resto de África oriental, en especial en la vecina Etiopía, una de las economías de más rápido crecimiento y 90 por ciento de cuyas importaciones llegan a través de Yibuti, Beijing quiere asegurar esos intereses y otros en África subsahariana.

Además, China, sedienta de petróleo, quiere cubrir su enorme dependencia de las importaciones de Medio Oriente, que al sur de Yibuti pasan por el golfo de Adén rumbo al océano Índico y luego hacia el mar de China meridional.

En 2016, el gigante asiático culminó el proyecto para una nueva base en Obock, un pequeño puerto a unas horas en ferri de Yibuti, al norte del golfo de Tadjoura. Unos 10.000 efectivos chinos residirán en la base cuando esté terminada.

Los soldados extranjeros ya estacionados en Yibuti, que son de Francia, Alemania, Holanda, España y Japón, ascienden a unos 25.000.

Pero detrás de las grúas, los llamativos hoteles y los campamentos militares, hay otro Yibuti.

Cada mañana, en la pequeña ciudad de Tadjoura, a unos 40 kilómetros de Obock, hacia la costa, la población local hace cola para recibir su cuota diaria de baguete, una escena que se repite en todo el país.

La pertenencia de Yibuti a la Somalilandia francesa colonial dejó una huella gala indeleble. Además del somalí, el afar y el árabe, el francés sigue siendo una de las lenguas más habladas.

Un constante murmullo de “bonsoir” saludan a los visitantes que deambulan por el llamado barrio europeo y su punto de encuentro la Place du 27 Juin 1977, una gran plaza rodeada de edificios blancos y arcadas de origen árabe, bautizada con la fecha de la independencia.

Al sur del barrio con arquitectura colonial francesa y avenidas y bulevares ordenados se ubica el barrio africano, más precario y sucio.

A la población local le preocupa que la animada mixtura cultural no sobreviva a la nueva ola de desarrollo modernizador, pues están orgullosos de su histórica mezcla heterogénea de tradiciones.

“Mi miedo no es al cambio cultural, pues lo necesitamos ya que esta es una sociedad ultraconservadora”, explicó una elegante profesional de unos 30 años, con la cabeza cubierta por un velo y un cigarrillo entre sus finos dedos, con el sol cayendo en el horizonte sobre el viejo puerto.

“Es más por las consecuencias sobre nuestras costumbres, como la decoración, los alimentos y la vestimenta tradicionales que simbolizan nuestra identidad”, precisó.

Otros son más abiertos con sus críticas a la actual estrategia y crecimiento económico, de seis por ciento al año, y que probablemente supere siete por ciento por el auge de la construcción.

Algunas personas critican al país, controlado por una dictadura hábil con los negocios que saca provecho de sus superpoderosos inquilinos y que no hace nada para aliviar la gran pobreza. El acuerdo de 10 años suscrito con China, la obliga a pagar 20 millones de dólares al año por concepto de alquiler. Estados Unidos, por su parte, paga 60 millones de dólares al año por el arriendo del campamento Lemonnier.

“Al gobierno solo le interesa recolectar la riqueza del país”, dijo un periodista yibutí que había estado detenido por informar sobre asuntos locales sensibles. “No les importa la libertad de expresión, los derechos humanos, la justicia ni la igualdad de oportunidades”, apuntó.

Los sueños de convertirse en la Dubai de África no son importantes para la gente de a pie, 42 por ciento de la cual es pobre, pues más de 60 por ciento de la fuerza laboral está desempleada, según las últimas estimaciones.

Un informe del Departamento de Estado (cancillería) de Estados Unidos de 2014 menciona las restricciones a la libertad de expresión y de reunión, el excesivo uso de la fuerza, que incluye la tortura, así como el acoso y la detención de los críticos del gobierno de Yibuti.

Incluso, hay quienes sostienen que funcionarios gubernamentales manipulan el uso del qat, una planta conocida por su efecto estimulante psicotrópico, a su favor, al facilitar la venta como forma de generar ingresos y mantener tranquila a la población, pues se aumenta su circulación en tiempos de campaña como forma de obtener favores.

Mientras, los barcos brillan hacia y desde los puertos del país, donde las grúas descargan los contenedores, que serán cargados en camiones ya entrada la noche.

A principios de este año, se inauguró la vía férrea de 4.000 millones de dólares, construida por China y que conecta Yibuti con el interior de Etiopía, y que podría conectarse con otras vías construidas también con capitales chinos en el resto del continente.

La ubicación de Yibuti siempre fue su más preciado recurso; al estar desprovisto de ríos o de minerales extraíbles, no produce casi nada.

Sin embargo, desde hace 150 años concentra la atención de ejércitos, mercenarios, contrabandistas de armas y de otras mercancías y comerciantes, todos los que están vinculados al movimiento o al control de mercancía. Y esa tendencia no parece más que afianzarse.

“Etiopía tiene una población 100 veces mayor a la de Yibuti, pero solo importa y exporta seis veces más”, indicó Aboubaker Omar, presidente y director general de la Autoridad de Zonas Francas y Puertos. “Imagine el día en que la demanda equipare a la población etíope”, propuso.

Traducido por Verónica Firme