Argelia; escollos para instalar la añorada Segunda República

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La calle y la cúpula del poder en Argelia viven un divorcio complicado ante la crisis del país; unos presionan abiertamente por una Segunda República y otros porque el inevitable cambio no borre de golpe la era Bouteflika.

Tras consumarse el 2 de abril la renuncia de Abdelaziz Bouteflika, luego de 20 años de gestión, las manifestaciones pacíficas de la población con insistentes reclamos de ‘dégager’ y ‘nettoyer le systéme’ (salir y limpiar el gobierno, en francés) abocan a la sociedad argelina a mayor polarización.

El ambiente político de la nación más extensa de África es sumamente delicado, y los argelinos lo saben, toda vez que se entremezclan de manera peligrosa ambiciones de poder, reticencias a dejarlo, oportunismos políticos, anhelos populares legítimos e intereses regionales e internacionales.

Si los primeros seis viernes a partir del 22 de febrero sirvieron para hacer a Bouteflika desistir, primero, de postularse a un quinto mandato y, luego, dimitir como jefe de Estado, el séptimo (5 de abril) hizo evidente que el respeto a la Constitución tiene aquí lecturas contrapuestas.

Una vez que el Consejo Constitucional constató la vacante definitiva de la presidencia, las dos cámaras del Parlamento (Consejo de la Nación y Asamblea Popular Nacional) aplicaron a rajatabla el artículo 102 de la Carta Magna que propuso el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Ahmed Gaid Salah.

En una reunión efectuada el pasado martes, el Congreso bicameral nombró a Abdelkader Bensalah, con 17 de sus 77 años de edad al frente del Consejo de la Nación, como jefe de Estado por un período máximo de 90 días en los cuales deberá organizar comicios presidenciales a los que tiene vetado presentarse.

Bensalah aprovechó su discurso de investidura para apelar a la unidad, reclamar paciencia a sus conciudadanos y anunciar la creación de ‘una institución colegiada, soberana de sus decisiones’ que va a ‘preparar y organizar elecciones nacionales honestas y transparentes’.

Aunque ya anunció la convocatoria a las urnas para el 4 de julio, el periódico opositor El Watan consideró que el primer discurso del jefe de Estado en funciones ‘no aportó nada en términos de respuestas a las reivindicaciones de los ciudadanos’.

Y es que, si bien se siguió a pie juntillas lo estipulado por el 102 referente a la sucesión en caso de dimisión o deceso, el hecho de que Bensalah haya estado comprometido por décadas con Bouteflika, de 82 años y enfermo, generó descontento en vastos sectores sociales.

Por lo mismo, las redes sociales se inundaron en días recientes de convocatorias para que la ciudadanía se vuelque este 12 de abril, séptimo viernes de protestas, a mostrar su rechazo al mandatario interino y exigir la aplicación de los artículos siete y ocho de la ley de leyes.

Esos últimos aluden a que ‘el pueblo es la fuente de todo poder’ y ‘la soberanía nacional reside exclusivamente en el pueblo’ (siete) y que ‘el poder constituyente pertenece al pueblo y que éste ‘ejerce su soberanía por medio de las instituciones …’ (ocho).

Pero más allá de interpretaciones sesgadas, bien o mal intencionadas, de la Constitución, lo innegable es que la transición está siendo administrada por las mismas figuras que sustentaron las dos décadas de gobierno de Bouteflika y los casi 60 años en el poder del Frente de Liberación Nacional.

En ese sentido, en las 48 wilayas (provincias) de Argelia las marchas se han radicalizado, y hoy las consignas y pancartas a enarbolar en las calles claman porque Bensalah y Gaid Salah se marchen y que ‘el pueblo quiere un cambio radical del sistema’.

Pese a su carácter pacífico, cívico y a veces festivo, a nadie escapa el riesgo de violencia, dado que ya se reprimieron en Argel marchas con chorros de agua y gas lacrimógeno, y algunos creen que la intransigencia de uno y otro lado puede conllevar a una escalada.

Salim Mohammad, estudiante de tercer año de la carrera de Derecho, afirmó a Prensa Latina que el descontento en la calle obedece a que lo llaman ‘le systéme’ (el poder) se resiste a abandonar la escena política y a acogerse a otros acápites constitucionales para atender las demandas de la población.

‘El pueblo quiere que se larguen todos’, recalcó Mohammad en árabe y francés, al tiempo que suscribió advertencias hechas por los inconformes, en particular jóvenes, de que ‘marcharemos todos los días, no nos detendrán, porque queremos liberar a Argelia’.

Y a esa última frase añadió otras como ‘Argelia es libre e independiente’, ‘Argelia es una República, no un reino’ y ‘el país es nuestro, haremos lo que queramos’, el pueblo quiere que se larguen todos’, repitiendo consignas escuchadas toda la semana y a primeras horas de hoy en Argel y otros lugares.

Ciertamente, al rechazo de la mayoría a la presidencia de Bensalah y al respaldo inocultable a éste por parte del viceministro de la Defensa (Gaid Salah), se une el temor de que Francia (expotencia colonial), Estados Unidos, y países árabes vecinos y del golfo Pérsico intervengan en la crisis.

El propio Gaid Salah denunció un día después de ser juramentado el mandatario interino que ‘un país extranjero con lazos históricos con Argelia’ y otros ‘actores extranjeros … intentan desestabilizar’ el proceso de transición que experimenta este estado maghrebí.

Opositores políticos y sectores populares dicen ser conscientes de las consecuencias que entrañan tales amenazas, pero creen que el discurso del jefe de Estado Mayor del Ejército pretende exacerbar el nacionalismo como arma cohesionadora y relegar así las críticas al manejo de la transición.

Argelia, con el 70 por ciento de su población menor de 30 años (otras cifras indican que el 45 por ciento es menor de 25), es uno de los grandes productores de petróleo y gas de África y la tercera potencia económica del continente por su producto interno bruto, según datos oficiales.

Desde los pozos argelinos sale el 10 por ciento del gas que consume Francia y unas 500 empresas galas operan aquí, mientras empresas transnacionales estadounidenses del sector de los hidrocarburos buscan igualmente abrirse mayores espacios.

Por otro lado, analistas locales reconocen que la posición geoestratégica y la vasta extensión territorial de este país inquieta a Washington y otras potencias que aseguran combatir el terrorismo islamista en el Maghreb, pues la porosidad de sus fronteras es aprovechada por grupos jihadistas.

La Segunda República reemplazaría a la constituida tras la independencia de Francia en 1962, precisamente por quienes hoy son denostados en las calles, en particular Bouteflika y todo su entorno, pero sin dudas prevalece el rechazo a que se malogre ese sueño o, de concretarse, nazca mutilado.