Argelia cumple un año desde la dimisión de Buteflika con la transición en suspenso a causa del coronavirus

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Argelia cumple este jueves un año desde que el histórico presidente Abdelaziz Buteflika anunciara que se retiraba del cargo tras semanas de manifestaciones en su contra, iniciando un proceso de transición que ha estado marcado por los altibajos y que ahora ha quedado en segundo plano a causa de la pandemia de coronavirus.

Buteflika, quien llegó al poder en 1999 con la promesa de poner fin a la guerra civil que estalló tras la decisión del Gobierno –con apoyo de las Fuerzas Armadas– de cancelar las parlamentarias de 1991 tras la victoria islamista en la primera vuelta, fue una de las figuras más destacadas de los movimientos de liberación africanos.

Sin embargo, el inmovilismo de las autoridades y los casos de corrupción, así como el empeoramiento de la situación económica y la calidad de vida de la población, llevaron a un creciente hastío en la sociedad argelina, algo que se puso de manifiesto durante la conocida como ‘Primavera Árabe’.

El presidente logró entonces maniobrar con una serie de medidas y beneficios sociales, gracias al colchón económico derivado de la exportación de hidrocarburos, si bien su imagen y capacidad de gobierno se vieron sacudidos a causa del infarto cerebral que sufrió en 2013.

A pesar de que su delicado estado de salud le incapacitó a la hora de participar en cumbres internacionales y dar discursos públicos, se impuso con más del 80 por ciento en las elecciones de 2014, para las que no hizo campaña.

Por contra, el anuncio que realizó sobre su intención de presentarse a un quinto mandato en 2019 fue recibido como una burla por parte de importantes sectores de la población, que se echaron a las calles exigiendo su salida del poder y el inicio de un proceso de depuración de responsabilidades entre las altas esferas.

Si bien Buteflika intentó reaccionar ganando tiempo aplazando las elecciones, terminó por perder los apoyos del gubernamental Frente de Liberación Nacional (FLN) y del entonces jefe del Ejército, Gaid Salá, quien apostó por inhabilitarle por motivos médicos para abrir una vía constitucional de sucesión.

Finalmente, las movilizaciones protagonizadas por cientos de miles de personas en todo el país –principalmente los viernes, secundadas por manifestaciones de estudiantes los martes– se convirtieron en una ola imparable que llevó a Buteflika a dimitir el 2 de abril.

El expresidente publicó un día después un «último mensaje» a la población en el que pidió «perdón» por los errores que hubiera cometido durante sus cerca de 20 años de mandato, si bien defendió su gestión.

LA TRANSICIÓN

En ese contexto, la figura de Salá –igualmente rechazado por los manifestantes, dado que era viceministro de Defensa y una de las principales caras del régimen– fue tomando un papel preponderante en la crisis y engarzó un discurso favorable a los manifestantes con crecientes medidas represivas.

Salá, quien apoyó el mandato interino del hasta entonces presidente del Senado, Abdelkader Bensalá, respaldó el aplazamiento a diciembre de las elecciones –que debieron haberse celebrado 90 días después de que asumiera el cargo– y llegó a denunciar acciones por parte de «la banda» para hacer descarrilar la transición.

Las detenciones de activistas y manifestantes –en ocasiones por portar la bandera bereber en las protestas– desataron críticas desde las filas opositoras y las ONG, que denunciaron la posibilidad de que Argelia siguiera los pasos de Egipto, donde el Ejército derrocó al presidente salido de las urnas tras la caída de Hosni Mubarak.

Los manifestantes mantuvieron además su presión continuando con las movilizaciones semanales para reclamar la salida del poder de Bensalá y del primer ministro, Nurredín Bedui, nombrado por Buteflika poco antes de su dimisión, con el objetivo de iniciar un verdadero proceso de cambio.

En este sentido, la campaña de detenciones y procesamientos por presunta corrupción contra numerosos altos cargos y empresarios, incluidos los ex primeros ministros Ahmed Uyahia y Abdelmalek Sellal, no apaciguaron los ánimos de la población, sumida en una grave crisis económica y con unas opciones limitadas para mejorar su calidad de vida.

LA LLEGADA DE TEBUNE

Así, las elecciones de diciembre se celebraron en medio de un clima de rechazo al proceso y ante las denuncias que apuntaban a que el Ejército estaba favoreciendo a uno de los candidatos, Abdelmayid Tebune, quien finalmente se hizo con la victoria. La tasa de participación rondó el 40 por ciento, la más baja en la historia del país.

El mandatario hizo rápidamente un llamamiento al diálogo que ha dividido las filas opositoras y a los manifestantes, dado que algunos se han mostrado de acuerdo con dar una oportunidad a esta vía para superar la crisis política.

Este proceso de transición se vio además sacudido a finales de diciembre debido al fallecimiento de Salá a causa de un infarto cerebral, si bien fue reemplazado por el comandante de las Fuerzas de Tierra, Said Chengriha, sin que la postura de las Fuerzas Armadas haya sufrido cambios respecto a los meses anteriores.

Posteriormente, Tebune inició un proceso de excarcelación de detenidos durante las protestas que sacó de prisión a miles de personas, y creó un comité de expertos encargado de presentar propuestas para una revisión de la Constitución.

La parálisis en la que se ha visto sumido el país a causa del coronavirus, que llevó a los convocantes a anular las manifestaciones antes de que las autoridades empezaran a restringir los movimientos, ha dejado todo este proceso en segundo plano, si bien los problemas se verán precisamente agravados por la pandemia.

LA CRISIS ECONÓMICA

La dependencia de la economía argelina de los hidrocarburos, que suponen más del 90 por ciento de las exportaciones del país debido a su escasa diversificación, ha provocado que se haya visto arrastrado a una grave crisis a causa de la caída de los precios del petróleo.

Asimismo, Argelia sufrió un descenso drástico de sus exportaciones diarias, cayendo de los cerca de 1,3 millones a los más de 900.000 en 2019, lo que afectó a las previsiones sobre el aumento del PIB.

El Gobierno decidió además a finales de 2017 no recurrir a préstamos externos y a depender de una mayor impresión de moneda por parte del Banco Central para hacer frente al déficit, lo que disparó la inflación en el país.

Ello, sumado a una elevada tasa de desempleo –superior al 30 por ciento entre la población joven– ha provocado un escenario sombrío en el país, especialmente debido a que la edad media de sus más de 43 millones de habitantes son los 28 años, según datos de Naciones Unidas.

El Banco Mundial apuntó además a la «incertidumbre política» como un factor que estaba impactando en los sectores ajenos a los hidrocarburos, así como a las «alteraciones económicas» debidas a los «cambios abruptos» en las directivas empresariales por la campaña contra la corrupción.

Así, adelantó que el crecimiento del PIB se «desaceleraría» hasta el 1,3 por ciento, con un déficit fiscal calculado en el 12,1 por ciento un déficit externo del 8,1 por ciento, cifras que empeorarán a causa del impacto del coronavirus sobre la economía.

Por ello, los manifestantes han hecho hincapié durante sus movilizaciones en que el cambio político debe derivar igualmente en un cambio del modelo de explotación que permita generar empleos en otros sectores y aumentar las posibilidades de prosperar.

Los éxitos de las movilizaciones a la hora de forzar un cambio político y sacar del poder a una figura como Buteflika podrían además animar a la población a tener un papel más activo a la hora de pedir al Ejecutivo que rinda cuentas y ponga en marcha un cambio palpable.