Aportes al conocimiento, otra deuda con África

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Por Antonio Paneque Brizuela

Los aportes africanos al desarrollo de la humanidad son diversos e imprescindibles, desde su principal ”invento”, el propio hombre, que luego pobló al planeta y lo desarrolló mediante descubrimientos que dieron sentido a la vida.

Esa evolución originaria es harto reconocida, pero la posterior, basada en inventos o descubrimientos del africano y su diáspora durante miles de años, es tan ignorada o poco conocida que para muchos no existe, aunque gran parte del mundo industrializado lo sea gracias a ella.

Porque África no es solo un gran acreedor histórico de Occidente por la esclavitud de siglos y la explotación de todos los tiempos que sustentaron a las metrópolis, sino también una importante fuente de desarrollo en especial por las iniciativas tanto de sus primeros pobladores como de su diáspora, desde el ‘robo de cerebros’ hasta el descubrimiento por mera supervivencia.

‘Personas ahora olvidadas descubrieron, mientras otros eran todavía bárbaros, los elementos de las artes y la ciencia. Una raza de hombres ahora rechazada por la sociedad por su piel oscura y su pelo enrulado cimentó en el estudio de las leyes de la naturaleza esos sistemas civiles y religiosos que todavía gobiernan el universo’, escribió el renombrado historiador francés Count C. Volney.

Una visión afroamericana, la del doctor John Henrik Clarke, califica como hecho lamentable que ‘la mayoría de lo que nosotros llamamos ahora historia mundial es sólo la historia del primer y segundo florecimiento de Europa. Los europeos todavía no reconocen que el mundo no los estaba esperando en la oscuridad para que trajeran la luz. La historia de África ya era vieja cuando Europa nació.’

Ya a principios del siglo XX, en 1910 el estudioso y explorador alemán Leo Frobenius recordaba que a los pobladores de esa parte del globo, ‘el anglosajón Henry Morton Stanley les dio el nombre de ‘oscuros’ y ‘oscurísimos’… Pero antes de las invasiones extranjeras, los africanos no vivían en grupos pequeños sino en comunidades de 20 mil o 30 mil habitantes, cuyas carreteras estaban sombreadas por espléndidas avenidas de palmeras, plantadas a intervalos regulares y de una manera ordenada.’

Para otros estudiosos, como el británico Thomas Hodgkins, ‘cuando las personas hablan, como todavía algunas veces lo hacen, sobre el África al sur del Sahara como un continente sin historia, lo que ellos realmente dicen es que esa región tiene una historia de la que nosotros, los occidentales, somos deplorablemente ignorantes…

‘Uno debe admitir que todavía somos víctimas de una mentalidad colonialista: encontramos difícil de comprender que los africanos poseyeron su propia civilización durante muchos siglos antes de que los europeos, comenzando con los portugueses al final del siglo XV, concibieran la idea de intentar venderles la nuestra.’

Las entregas de esa región a la ciencia son tales y tan subestimadas que el científico británico Gerald Massy en su libro Antiguo Egipto: la Luz del Mundo’ (1907), se lamentaba de que el griego Hipócrates fuera reconocido como ‘el padre de la Medicina’, en lugar del galeno y erudito egipcio Imhotep (2300 a.n.e), ‘el multifacético genio negro del cual tanto Grecia como Roma tomaron conocimientos’.

En la actualidad, la mayoría de los historiadores acepta que los antiguos imperios africanos de Ghana, Malí y Songhay (África Occidental, uno de los mayores de la historia) desplegaron verdaderas sociedades científicas, aunque pocos dominan que el periodista británico Jon Snow quedó asombrado al encontrar en los ´70 en una biblioteca en Tombuctú (Malí), pilas de libros fechados ‘hace más de 500 años’.