En África la tragedia se suma al drama

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Por Moisés Saab
Para medir la magnitud de la sequía que devasta más de una docena de países africanos basta una cifra: 20 millones de seres humanos están en peligro de morir de sed, hambre o enfermedades.

Somalia, Sudán del Sur, partes de Kenya y Nigeria son los principales actores de esta tragedia, que no los únicos, derivada del cambio climático que en América Latina, valga la paradoja, se manifiesta con lluvias apocalípticas, las cuales han causado muertes y destrucción de comunidades de Colombia y Perú, mientras otros sufren escasez de precipitaciones.

El caso más significativo de la crisis africana es el de Somalia, que corre el peligro de sufrir su tercera hambruna en un cuarto de siglo.

La más reciente, seis años atrás, costó la vida a 260 mil personas, muchas de las cuales quedaron en el camino de emigraciones forzosas en busca de un lugar donde resguardarse que nunca apareció.

Un aspecto curioso de la probable hambruna es que a fuerza de ser tan difundida ha pasado a integrar el panorama de las noticias en gran parte del mundo, y las personas las asimilan como un hecho sin remedio de la cotidianidad, al que se le presta una atención periférica.

Lo peor es que esa misma percepción rige para los grandes poderes fácticos del mundo, las ex metrópolis coloniales, las cuales prometen ayuda financiera para paliar los sufrimientos de los damnificados que por lo general incumplen.

Pero existen voces que, aunque hasta ahora claman en el desierto, insisten en la búsqueda de una solución rápida que evite más sufrimientos a esas poblaciones y, de paso, libre a la humanidad de un cargo de conciencia antes de que sea demasiado tarde.

El director de la agencia de Asuntos Humanitarios de la ONU, Stephen    O’Brien, en una intervención ante el Consejo de Seguridad, calificó la crisis de la peor que ha experimentado el mundo después de la II Guerra Mundial, en la cual murieron 60 millones de personas.

Para evitar la catástrofe solo en cuatro países: Somalia, Sudán del Sur, Nigeria y Yemen ‘son necesarios de inmediato cuatro mil 400 millones de dólares’, advirtió el diplomático a los miembros del órgano

La alusión a Yemen tiene una arista particular pues deriva, en parte, de la guerra que desde hace cerca de tres años enfrenta a partidarios del presidente Abd Rabu Mansur Hadi con una agrupación liderada por miembros de la etnia huti.

En el conflicto interviene una coalición militar islámica liderada por Arabia Saudita, cuyos bombardeos han causado un número indeterminado, pero crecido, de víctimas civiles y enormes daños materiales.

Algo similar ocurre en Sudán del Sur, cuya secesión del norte fue considerada en su momento la panacea para las disensiones entre la parte meridional del país, en la cual predominan los cultos animistas y el cristianismo, y el norte, de mayoría árabe y confesión musulmana.

Además, las pugnas étnicas y por el poder entre el presidente Salva Kiir y su exvicepresidente, Riek Machar, derivaron en una guerra civil en la cual ambas partes se acusan de atrocidades y ha costado miles de muertos y heridos y un éxodo de cientos de miles de refugiados que ya desborda las posibilidades de acogida de los estados vecinos.

Sin embargo, hay un componente de este sufrimiento que suele pasarse por alto: la responsabilidad de las ex potencias coloniales que durante siglos construyeron su desarrollo con la explotación de los recursos naturales de sus posesiones africanas, y solo dejaron suelos áridos, subdesarrollo económico y poblaciones carentes de preparación escolar mínima.

Además de la formación de élites nativas corruptas que apoyaron el control neocolonial y construyeron enormes fortunas; basten dos botones de muestra: Mobutu Sese Seko en el que fue Zaire, y el abate Fulbert Youlou, en la hoy República del Congo, colonias la primera de Bélgica y, la segunda, de Francia.

Existe una máxima según la cual para ayudar a alguien en vez de regalarle pescado debe ensenársele a pescar, o lo que es igual, aplicar la ayuda humanitaria acorde con las necesidades reales, lo que sería pagar la deuda que tienen contraída las antiguas metrópolis con el continente.

La inmensa mayoría de los países africanos alcanzaron la independencia a fines de la década de los años 50 y la de los 60 del siglo pasado, pero en ese lapso, ha resultado imposible hacer que el continente despegue hacia el destino que le permite esperar la cantidad de enormes recursos naturales y humanos que posee.

Por el contrario, los litigios fronterizos, otra secuela de la arbitraria creación de fronteras trazadas a lápiz con arreglo a intereses geoestratégicos por las potencias, las pugnas étnicas y el subdesarrollo, han sumido al continente, salvo contadas excepciones, en una situación caótica.

En ese contexto es posible explicarse la emergencia y el fortalecimiento de entidades islamistas armadas que han sumado otro factor explosivo a la situación continental y, más aún, con tendencia a complicarse.

Lo peor es que no existe en el horizonte una solución a plazo razonable para esas personas abandonadas a su suerte, en particular por falta de voluntad política de los poderes fácticos que en el mundo son, los mismos que han sumado la tragedia al drama.