África, la deuda-continente de los ricos

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historia africanaPor Antonio Paneque Brizuela

Si comparamos de modo metafórico la historia africana con un huracán, las guerras semejarían intensas lluvias, los problemas económicos fuertes vientos, y la fuerza destructiva de ambos diseñaría el presente cielo regionalâ�� detrás de las nubes, estarían los ricos.

Esos flagelos (conflictos bélicos y explotación económica) se interconectan en un hálito secular, bajo la sombra ocupante e interventora de las potencias occidentales que impidieron el desarrollo de sus Estados y, a cambio, se desarrollaron ellas con sus riquezas autóctonas.

Una pequeña parte de esos tesoros, -junto a la inteligencia, valentía y honradez de los pioneros africanistas y organizaciones unificadoras y a los esfuerzos pretéritos y actuales de gobiernos de todo tipo, muchos de ellos honestos-, ayudaron a vencer diversas barreras, pero aún persisten el atraso y los conflictos.

Y como instrumentos o soportes de ambos males, los anales del continente recogen las secuelas del sometimiento colonial, la extracción y comercialización de recursos, neocolonialismo, golpes de Estado, racismo y esclavitud, junto a su partenaire la trata, el más bochornoso marketing de la historia.

Claro que, en tanto que la humanidad nació en África, también surgieron allí esas desgracias: las guerras tribales o entre Estados; los procesos económicos y la conexión directa entre ambos en su intercambio mutuo: las economías como soporte de las guerras y estas como recaudadoras de las economías.

Sumado a ello, las epidemias como Sida, Ébola, Zika, Dengue y otros problemas de salud, junto a las secuelas del cambio climático, sequías, desertificación, inundaciones y sus correspondientes impactos en los precios de alimentos y otros productos de primera necesidad.

Pero aunque esos fenómenos son endógenos, junto a otros como la propia esclavitud y el comercio humano generados de esos conflictos, su estimulación desde fuera tras la llegada al África austral de los primeros conquistadores, devino el gran negocio, a la vez que la gran deuda de los ricos.

El añejo pero siempre eficaz recurso de «divide y vencerás» (Divide et impera) para beneficio de terceros, la «africanización» occidental de las intervenciones militares extranjeras, echaron fuego a guerras internas en muchos países de la región y estas quebraron también sus economías.

DEL OMÍNIDO A LAS INVASIONES COLONIALES

Aunque los grandes movimientos humanos comenzaron en la prehistoria de África hace cinco millones de años con los primeros homínidos, la aparición en la Edad Antigua de la civilización egipcia y las sociedades fuera del valle del Nilo inauguraron la interacción del continente con otras regiones del planeta.

Fueron los árabes quienes a fines del siglo VII emprendieron las primeras expansiones al norte y este de la región, y su idioma y tradiciones alimentaron nuevas culturas autóctonas, sobre todo la de los pueblos swahilis, de tanto peso antropológico en África.

Se afirma, incluso, que ya en el año 1000 antes de nuestra era, los fenicios colonizaron regiones africanas alrededor del Mediterráneo, mientras China llegó al continente en el siglo XV (1405) con una expedición a bordo de la flota del famoso almirante Zheng, aunque luego regresó cargada de marfil, oro y hasta jirafas.

Sin embargo, nada de aquello es comparable con la posterior presencia colonial y neocolonial de potencias como Portugal, Francia, Gran Bretaña, Italia y Bélgica, que arrasaron virtualmente desde hace 500 años con las materias primas africanas.

Las revoluciones industriales, posteriores descubrimientos e inventos y, en general, el desarrollo científico-técnico de los tres últimos siglos sirvieron para acelerar esa expoliación colonial.

LA OUA CONTRA LA COLONIZACIûN

África está por estos días de cumpleaños con motivo del 53 aniversario de la fundación de la Organización de la Unidad Africana (OUA) el 25 de mayo de 1963, creada para agrupar a los países de la región mediante una estrategia redentora.

Aquel organismo tuvo entre sus principales metas políticas combatir y erradicar al colonialismo «en todas sus formas», razón por la cual fue escogida como sede permanente Etiopía, único país africano jamás colonizado.

Así, la Carta de 33 artículos de la OUA consagró en su preámbulo como objetivos esenciales «el derecho inalienable de los pueblos a determinar su propio destino» y «la libertad, la igualdad, la justicia y la dignidad», y, para lograrlo, que la organización fungiera como «vocera colectiva del continente».

Con esos supuestos como bandera, la OUA se adhirió a la Carta de las Naciones Unidas y a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y, finalmente, expuso que su creación respondía a la intención de promover «el bienestar» de los pueblos africanos».

La Unión Africana, que reemplazó a la OUA el 9 de julio de 2002, está inspirada en la Unión Europea y se autodefine como la organización supranacional del ámbito africano dedicada a incrementar la integración económica y política y a reforzar la cooperación.

DÍA DE ÁFRICA, 53 AÑOS DESPUÉS

Hoy día, tras un siglo XX que vio liberarse a todas las colonias africanas (excepto el Sahara Occidental ocupado por Marruecos tras el retiro español); terminadas cruentas guerras como las de independencia en Mozambique y Angola y las de invasión de Sudáfrica a esta última y de Somalia a Etiopía, prevalecen conflictos que diezman al continente.

Entre ellos figuran los de origen étnico en Burundi, República Centroafricana, Sudán y Sudán del Sur y Liberia; de fachada religiosa por grupos islamistas contra los gobiernos, en Nigeria, Somalia y Mali. Pero todos responden a causas realmente económicas (recursos naturales) o geopolíticas.

La UA asume frente a esos contenciosos, de acuerdo con sus características y dimensiones, diferentes estrategias, comprendidas la militar, como es el caso de su Misión en Somalia, con unos 17 mil efectivos procedentes de países como Kenya, Uganda, Burundi, Sierra Leona, Yibutí y Nigeria.

En Sudán, el bloque regional integra desde 2007 junto a la ONU una llamada operación híbrida en el explosivo Darfur, mientras soldados de la región apoyan la fuerza militar del organismo mundial en Mali, integrada por 97 mil efectivos de 110 países.

Especialistas y exdirigentes africanos actúan en nombre de la Unión como mediadores en negociaciones entre los gobiernos de los mencionados países, sobre todo en Burundi, Sudán del Sur y República Centroafricana.

Entre esos contenciosos, es el de Burundi, causado por la decisión de su presidente, Pierre Nkurunziza, de postularse de modo ilegal para las elecciones de 2015, el que mayor atención requiere de la UA, ante el peligro de un genocidio como el de 1993 a 2006 entre hutus y tutsis con saldo de 300 mil muertos.

La creciente violencia en ese país, con choques étnicos, asesinatos masivos e intentos golpistas fue enfrentada por el organismo con un acuerdo en diciembre pasado de desplegar allí una fuerza de cinco mil soldados, pero el desacuerdo de Bujumbura, contradictorio con los estatutos de la UA, congeló hasta ahora su envío.

Aún con asignaturas pendientes en materia de desarrollo y con ciertos objetivos básicos por cumplir entre los propuestos por sus fundadores, la organización, devenida en 2002 Unión Africana (UA), nos presenta ahora un nuevo escenario regional, mediante cambios que pueden calificarse de radicales.

Los más significativos entre estos últimos pueden considerarse los iniciados en la propia década de 1960 en que surgió el organismo, cuando África se sumergió en un proceso mundial de revoluciones que en su caso estuvieron centradas en las luchas de liberación contra las metrópolis occidentales.

Libia fue pionera en ese despegue libertario, al separarse de Italia en 1951 y convertirse en la primera en ganar su independencia para marcar el inicio del derrumbe del periodo colonial africano transcurrido desde fines del año 1800.

Los estudiosos, no obstante, reconocen a Ghana como primer país constituido como independiente en 1957 y entre ese año y 1975 fijan la descolonización formal de África, aunque muchos de esos países mantienen distintos grados de dependencia económica y política con sus anteriores metrópolis.

Como los últimos territorios que cortaron de modo formal su dependencia con las potencias europeas figuraron Angola, Mozambique y el Sáhara español, este último en 1975, cuando fue invadido por Marruecos, actual potencia ocupante.

Rabat se retiró de la OUA en 1984 tras la decisión del organismo de aceptar en 1982 como miembro pleno a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), de modo que Marruecos es el único de los 55 Estados africano que no integra la UA, mientras el territorio se mantiene como la última colonia africana.

El fin de la guerra en Angola con su victoria frente a Sudáfrica fue también determinante para la independencia de Namibia y para acabar con la política de apartheid propugnado por Pretoria, tal vez el golpe más sólido contra la segregación racial en el planeta.

Respecto a las economías de los 55 Estados del continente, los limitados esfuerzos de gobiernos y organizaciones regionales son aún insuficientes para garantizar alimentación y recursos vitales para las mil millones de personas que pueblan hoy esa región.

Los llamados programas de recuperación de la Organización de la Unidad Africana (OUA) con apoyo de la ONU durante las últimas décadas del siglo XX, y los fueros integracionistas de la sucesora de esta última, la Unión Africana, distan de equiparar los niveles africanos de vida con los del resto del mundo.

No por casualidad, las estadísticas internacionales ubican en sus listas de los últimos años a países africanos entre los más atrasados del mundo, pese a sus grandes reservas de petróleo, gas, uranio, oro, diamantes, hierro, bauxita, aluminio y coltán.

En 2015, por ejemplo, el Índice de Pobreza Multidimensional, empleado por el Programa de la ONU para el Desarrollo, consideró que los 10 países más pobres del mundo son africanos:

Sierra Leona, Guinea Ecuatorial, Liberia, República Centro Africana, Somalia, Burundi, Burkina Faso, Mali, Etiopía y Níger.

En esa «lista negra» que mide escolarización, mortalidad infantil, higiene, nutrición, acceso a electricidad y al agua potable, y a bienes espirituales como la radio y la televisión, Níger clasificó como el más pobre entre los más pobres del mundo.