África de sol y sombra, la pasión del polaco Ryszard Kapuscinski

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Por Richard Ruíz Julién
Cuando el reportero polaco Ryszard Kapuscinski arribó por primera vez a África, con 25 años, ya había vivido de cerca la pobreza y muerte que, según expertos, moldeó su alma y le ayudó a comprender a la gente.
Recién llegado a Ghana en 1957, escribe: ‘Lo primero que llama la atención es la luz. Todo está inundado de luz’.

Para algunos especialistas, esa frase representa una síntesis de muchos elementos captados de forma muy estética, donde sugiere lo que será la constante en la experiencia africana: el calor, el sudor, la humedad, en suma, el sol.

Su recorrido personal se alargará en múltiples idas y vueltas a diferentes países de la región durante por lo menos 40 años, hasta que recopiló suficientes testimonios y documentación sobre esa cultura que lo apasionaba.

Así, a sus 56 años, decidió publicar Ébano (1998), su gran informe del descubrimiento del llamado continente negro, un texto que ahora reedita al amhárico la Editorial de la Universidad de Addis Abeba, 20 años después que saliera a la luz pública.

Kapuscinski no estaba interesado en mostrar esa África turística y oficial: la de safaris con jirafas, leones, hipopótamos y elefantes, la de oro y diamantes.

Según el investigador y escritor etíope Haile Bogale, entre esclavistas, explotadores y saqueadores que por esta zona del mundo pasaron, ninguno logró hacer el descubrimiento verdadero.

Solo un descubridor auténtico como este polaco nuestro sabría que la etimología de esta bella palabra descubrir viene del latín ‘discooperire’, referido a ‘destapar algo que antes había permanecido oculto’, aseguró Bogale a Prensa Latina.

En opinión del analista, Kapuscinski siempre supo eso que lo más valioso seguía imperceptible ante los ojos de los demás: la gente.

De ahí que su libro este lleno de mujeres en vestidos de percal y palanganas perfectamente equilibradas sobre su cabeza, de mendigos llamados Bayayes que han logrado ser presidentes, de nómadas del Sahara llamados Tuaregs que aman más el agua que a las del sexo opuesto.

Y por allí encontramos descripciones de niños que se despiertan primero que los adultos para recoger el preciado líquido y pasear el ganado.

También de una sociedad donde comen al atardecer una vez al día y ‘la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble y quebradizo entre supervivencia y aniquilación’, subrayó el comentarista Shibeshi Zeleke.

El periodista optó por una nueva perspectiva periodística en la que buscó el elemento antropológico de la cultura y estableció empatía con la realidad más inmediata de los africanos.

Nadie puede negar que sus relatos ilustran mejor que muchas noticias la vida, tradiciones, modos de pensar, anhelos, en un momento cuando el continente pasaba por su más importante proceso de independencia y revolución, detalló Zeleke.

Por eso ‘prefería subirme a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical’, aseguraba el propio Kapuscinski.

En estas tierras no sólo compartió la aventura, incluso el sufrimiento, cuando estuvo a punto de morir de malaria bajo ‘rayos solares que golpean con la fuerza de un cuchillo’ y luego hizo fila entre otros enfermos africanos para recibir su medicina.

De esta manera, cambió el qué, cómo, cuándo, dónde y se dedicó al quién junto a ‘¿cómo vive allí la gente? ¿De qué? ¿Qué come? ¿Por qué está allí?’, manifestaron los expertos.

A consideración de la estudiante de literatura Celia Mehari, sólo con esa convicción fue revelando esa otra África de sol y sombra, el misterio de un mundo regido por clanes y tribus con sus propias lenguas, costumbres, creencias y tabúes, que aún hoy los unen y los enfrentan.

Ya no es contra colonizadores, sino contra dictadores y criminales propios, continuando una larga historia de pobreza y muerte.

Kapuscinski escribió mucho sobre África antes de Ébano, pero fue solo en este libro que revisó, de acuerdo con los especialistas, su propia obra y su memoria, para poner a prueba los dos elementos más difíciles de su filosofía periodística, esa que luego formularía y haría popular como ‘Los cinco sentidos del periodista’: estar, ver, oír, compartir y pensar.