Shelly-Ann Fraser y el pequeño Zyon, dos estrellas en Doha 2019

0
49


Por Jhonah Díaz González

Como lo que es hoy, la reina de la velocidad mundial, la jamaicana Shelly-Ann Fraser irrumpió en el Khalifa International Stadium de Doha, Qatar, con una sola idea: retornar a la cima tras el proceso de maternidad.

Jamaica, tierra de reggae y dueña de una mezcla multicultural de indios taínos, esclavos africanos, colonizadores españoles y evangelizadores ingleses, es cuna, además, de varios de los más recios bólidos de la historia, como Usain Bolt, uno entre tantos y el más conocido.

Bajo tantas aureolas colocadas en la cabeza de sagradas personas del deporte contemporáneo, la isla caribeña desembarcó en el Campeonato Mundial de atletismo de Qatar con las divas Fraser y Elaine Thompson, un par parecido y, a su vez, tan desigual que roza lo inefable.

Sin embargo, Shelly-Ann fue la mayor protagonista al llevarse la prueba reina, los 100 metros planos, con tiempo de 10.71 segundos, marca de la temporada y el segundo mejor crono de su vida, 11 años después de brillar en la cita olímpica de Beijing, cuando se convirtió (10.78) en la primera mujer jamaicana de la historia en ganar esa modalidad en el evento multideportivo.

Bolt, por ejemplo, no tenía en sus planes jugar fútbol en Australia, cuando en ese 2008, a la edad de 21 años, la pequeñita deportista se convirtió en la mujer más rápida del planeta, preludio de un relato biográfico que no encontró cierre en la majestuosa Doha.

Fraser-Pryce, hija de madre soltera, nació el 27 de diciembre de 1986 en Waterhouse, Kingston, un pueblo conocido por su fútbol y que hoy tiene como paradigma a la chica que tomó por sorpresa la pista del Nido de Pájaros, con su cabellera de flores amarillas y su amplia sonrisa antes -y después- de colocarse en el bloque de arrancada.

Una atleta que rompe esquemas, con sus 1.52 metros y apenas 57 kilogramos de peso, en una modalidad en que el poderío físico cobra diariamente mayor importancia y son menos las estrellas sin un somatotipo bendecido por los dioses.

En un mundo surrealista, Fraser debió ser gimnasta, nunca velocista; en el plano de lo palpable, ella, dueña de seis medallas olímpicas y ahora 10 del orbe (al aire libre), tiene, a sus 32 abriles, un talento inmarcesible, listo para regalar un paso capaz de ‘volar’ sobre la pista, no importa si es roja o azul, o si posee ocho carriles o nueve.

Los (pocos) presentes en el Khalifa International Stadium de la capital qatarí la vieron reír – como siempre- y disfrutar -como nunca-, un éxito que posee como valor agregado la presencia de Zyon, su pequeño, quien también se robó los reflectores con su rostro de ángel, en brazos de su progenitora, la campeona universal.

Doha presenció este domingo a una deportista que posee una velocidad de reacción inimaginable, la cual combina con su fuerza para abandonar el bloque de arrancada, mantener unos pasos transitorios vertiginosos, siempre con el centro de gravedad bajo, en busca de alcanzar toda su potencia antes de los 50 metros.

En otras palabras, cuando sus oponentes tienen gasolina en el tanque, la pequeña jamaicana gastó toda su dosis del carburante antes del meridiano de la prueba, con la mente fija en sacar a flote su capacidad de resistencia a la velocidad.

Qatar tiene en sus metros cuadrados a una excepcional velocista, capaz, además, de cambiar el look de su cabello para hacer de cada carrera una fiesta: trenzas, afro, suelto, corto, largo, de verde o de amarillo, rizado o lisado, con felpas o amarrado.

No obstante, el estilo nunca altera el proceso y el resultado final es cruzar la meta con el resto a su espalda, como tromba marina escapada de su hábitat, mientras Zyon sigue cada una de las zancadas desde las gradas, tranquilo, a la espera de un nuevo llamado a la pista de ella, la enorme Shelly-Ann Fraser-Pryce.