Umm Kulthum, la mujer que posee el alma de los egipcios

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umm-kulthum1Por Moisés Saab

Aún era invierno cuando los egipcios perdieron parte de su alma: se les fue en febrero de 1975 con Umm Kulthum, la adolescente que comenzó a cantar travestida y terminó embrujando a sus compatriotas.

Aún hoy en este país multitudes escuchan arrobados las canciones de la más prominente de las intérpretes árabes, que no son pocas: las libanesas Feiruz y Magida El Roumy, Sabagh y Warda al Yeziriya, la Rosa de Argelia, de entre una pléyade extensa.
La evidencia más palpable de la nostalgia por la dama que cantaba largas canciones, algunas de las cuales tenían que ser grabadas en dos placas de acetato separadas, quedó en evidencia en la última Feria de El Libro de esta capital donde volvió a agotarse una recopilación de 50 discos compactos con sus canciones más notorias.

Muchos de los que se abalanzaron sobre la edición, quinta con las mismas canciones, ni siquiera habían nacido aún cuando Umm Kulthoum dejó de alentar y fue sepultada en la Ciudad de los Muertos, un cementerio en esta capital donde los vivos y los difuntos cohabitan en serena armonía.

Esa distancia no implica que los egipcios y los árabes en general menores de 40, amantes de las nuevas sonoridades, rap incluido, no hablen de ella como si hubiesen asistido a uno de los conciertos de la mujer que marcó una era, y devino un misterio que los acompaña, como habría dicho el poeta.

En los tenderetes que venden té y mazorcas de maíz asado en el puente Kasr el Nil y en las largas riberas del Nilo, Umm Kulthoum sigue reinando, como una presencia imprescindible que anda junto al amor y a la tristeza, impermeable a los muchos avatares políticos que estremecen este país hace casi un lustro.

Ni siquiera su fecha de nacimiento es segura: algunos la sitúan a fines del siglo XIX y otros en 1904 en una aldea perdida en el delta del Nilo y su don fue patente temprano para su padre, que apenas llegada a la adolescencia, para vencer los prejuicios de la época, la vistió de varón y la encaramó a los escenarios.

Una de las muchas excepcionalidades de Umm Koulthum fue su progenitor, quien a pesar de ser el Imán de una mezquita, apoyó a su hija y alentó su viaje a la fama con un fervor inesperado por inusual.

Como todo lo que vale, la carrera de Fátima Ibrahim al Sayed al-Biltagi, su nombre verdadero, tuvo que ser labrada con esfuerzo y estudio, comenzando por el Corán, el libro sagrado de los musulmanes, que era capaz de recitar de memoria, hasta los clásicos árabes y europeos, base de una sólida cultura.

En la década de los años 20 del pasado siglo, cuando Egipto aún era una monarquía, Umm Kulthoum comenzó a hacerse notar por sus dotes excepcionales, pero limitada al ámbito estrecho de su zona natal.

Muestra de su personalidad analítica, la joven Fátima demoró hasta 1923 su gran paso, el viaje a esta capital, donde aprendió a tocar el oud, un instrumento de cuerdas introducido en Europa por los árabes en el siglo VII de nuestra era, el cual sirvió de modelo al laúd de los trovadores medievales.

Conocida y admirada en su país a principios de los años 50 a la cantante le esperaban dos terremotos políticos: uno la revolución de los Oficiales Libres que destruiría desde sus cimientos el trono del rey Faruk, quien la tenía como una de sus favoritas, con todo lo que ello implicaba.

El otro, el encuentro con el que sería con el andar el presidente más notorio y carismático de Egipto: Gamal Abdel Nasser, quien supo incorporarla a sus seguidores y mantenerla en el país pesar del favor que había tenido durante el régimen monárquico.

La afinidad electiva -Nasser solía asistir desde primera fila a los conciertos de Umm Khulthumâ�»entre ambos contribuyó a expandir la prédica nacionalista del mandatario con decenas de canciones patrióticas que aún resuenan en este país como parte de su acervo cultural.

Durante las protestas que desembocaron en la defenestración del ex presidente Mohamed Morsi por el Ejército más de una noche de calor sofocante, las consignas de los manifestantes antislamistas en la plaza Tahrir se confundían con las canciones de Umm Kulthum.

El fallecimiento de Abdel Nasser pudo marcar el fin de la prominencia de la intérprete, al menos en las buenas gracias oficiales ya que es notoria la antipatía que le dispensaba Jihan,la esposa del presidente Anuar El Sadat.

Esa inquina femenina, que suele ser letal, se manifestaba de manera especial aupando a Yassmine El-Khayyam, autodesignada rival y competidora de Umm Kulthum, que habia sobrepasado la sesentona con sus facultades más que intactas, aumentadas.

Para el crítico Mohamed Elwy, el presidente Nasser condujo con especial cuidado sus relaciones con la cantante, también devenida actriz de cine en la época, aunque se alejaría de las cámaras para dedicarse por completo a la canción, su primer amor.

«Nunca insistió en que cantara sus loas, la dejó a hacer, con que estuviera en Egipto le bastaba y ella le reciprocó esa consideración».

La carrera de la mujer cuyas actuaciones movían multitudes -aún se recuerda la muchedumbre de seguidores que viajaron a París para colmar la sala Olympia durante una serie de conciertos  finalizaría en 1973, cuando se refugió en su casa para morir dos años después.

El sepelio fue una reedición de ese fervor; unos cuatro millones de personas formaron el cortejo fúnebre en invierno, cuando se apagó Umm Kulthum, para millones Kaukab el Chark, la Estrella de Oriente.

Ahora su efigie, desde un pedestal en una plazoleta en la isla de Zamalek, mira al Nilo, el río al que tantas veces cantó.