Ser negro y africano continúa siendo una circunstancia agravante

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Boubacar Boris Diop (Eds Zulma)
Boubacar Boris Diop (Eds Zulma)

 

Boubacar Boris Diop (Eds Zulma)
Boubacar Boris Diop (Eds Zulma)

Entrevista a Boubacar Boris Diop

Por: Katia Touré

Fuente: BibliObs

(Publicada el 29/09/2015)

Traducción: Laura Remei Martínez-Buitrago

Novelista, dramaturgo y ensayista, Boubacar Boris Diop vive en San Luis (Senegal), ciudad lánguida, como detenida en el tiempo, bordeada por el río Senegal. Forma parte, a sus 68 años, de esa escena intelectual senegalesa cada vez más orientada hacia el extranjero y que intenta redefinir los límites de las culturas «africanas». Reconocido como uno de los más importantes escritores de la literatura francófona postcolonial, se ha impuesto por el dominio estético de su imaginario, unido a un feroz apego a la lengua y sus raíces.

Antiguo periodista, es conocido por sus intervenciones denunciando las nuevas formas de control expoliador en el África contemporánea. Considera que una parte del continente continúa sufriendo, insidiosamente, la dominación colonizadora de una Françafrique renovada, a la vez que hace frente a los reveses de la globalización. No descansa en su llamamiento a la resistencia de los creadores africanos contra el individualismo y preconiza un regreso hacia «la africanidad», concepto que pone de relieve la proyección cultural de África a través de lo que tiene de más original desde un punto de vista identitario. Por eso Boubacar Boris Diop no duda en escribir a la vez en francés o en wolof, su lengua materna.

Cuenta con una extensa obra. Su novela más conocida, Murambi, le livre des ossements* (construida como una investigación, en la que vuelve de nuevo al genocidio de los tutsis), fue calificada por Toni Morrison como «milagro». Este trabajo en torno al genocidio de Ruanda le ha valido una reputación de escritor comprometido cuya radicalidad hace a veces rechinar los dientes.

Observa igualmente con una mirada inquieta la evolución de la sociedad senegalesa, hundida en un mutismo intelectual en el momento en que la juventud africana, en plena ebullición, se busca a sí misma. Junto a Felwine Sarr y Nafissatou Dia Diouf, ha creado la editorial Jimsaan en Dakar, que sirve también de librería y de espacio de encuentros culturales.

Cuando habla, su voz es penetrante y ligeramente sofocada. «Soy lento para reaccionar, prefiero dejar madurar las cosas», dice. «Además, escribo despacio. La actualidad es tan abundante que a veces uno ya no sabe demasiado a dónde acudir. Hablar más rápido que su sombra no es necesariamente algo bueno.»

Katia Touré. Estaba invitado, el 5 de mayo de 2015, a la gala de la asociación mundial de escritores PEN, en Nueva York, en el transcurso de la cual se concedió el Premio Valentía a la Libertad de Expresión a la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo por su lucha contra el racismo y la xenofobia. Usted es uno de los autores que decidieron boicotear la ceremonia. ¿Por qué?

Boubacar Bois Diop. En principio fueron seis autores los que dieron la voz de alarma al afirmar que ni hablar de participar en la gala debido a la entrega de ese premio. La polémica continuó, luego 200 autores firmaron una carta de protesta. Extrañamente, no se presentó esta carta a ningún autor francófono.

Por mi parte, actué por mi propia cuenta. Envié una carta a Suzanne Nossel, directora ejecutiva del PEN American Center en Nueva York. Una carta que también publiqué en las redes sociales. Fue mi manera de decir no a ese premio. Expliqué en la carta lo que ya había dicho desde el día siguiente del atentado contra Charlie Hebdo. A saber, que nadie puede aceptar que una banda de jóvenes fanáticos vaya a disparar a la multitud y maten periodistas. Es un horror inadmisible, intolerable. Periodistas que a menudo nos han hecho reír con sus dibujos.

Pero una vez dicho esto, me tomé la molestia de ver las caricaturas incriminadas. Debo decir que quedé horrorizado. La palabra no es lo bastante fuerte. Nunca entenderé que se pueda ser tan violento respecto a la fe de otras personas. No se debe tratar ninguna religión de esa manera. Pienso que la libertad de expresión no significa la libertad de insultar a los demás. Para mí, esos dibujos daban prueba de un nihilismo pueril e irresponsable y por tanto mucho más retrógrado de lo que se quiere decir. Charlie Hebdo no ha inventado la sátira o el humor de prensa. Esta publicación se ha inscrito en una tradición francesa muy noble y la ha pervertido.

La presencia de dirigentes africanos durante la marcha del 11 de junio en París, junto al presidente Hollande, fue duramente criticada. ¿Cómo explica tal compromiso con Francia cuando Boko Haram hacía estragos en sus propios territorios en nombre del Estado Islámico en el mismo momento?

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Murambi, el libro de los huesos. Ediciones Wanafrica

Como usted dice, se trataba de dirigentes africanos. África no estaba presente. Sólo había seis jefes de Estado del África francófona, es decir, servidores de París, entre los cuales Ali Bongo, Thomas Bony Yayi, IBK (Ibrahim Boubacar Keïta) o incluso Macky Sall. Son los títeres de la Françafrique. Los demás países africanos permanecieron completamente fuera de esa farsa. Estos jefes de Estado no pueden negarle nada a París. Por otra parte, no fue el propio Hollande quien los invitó sino más bien los embajadores. Fueron allí aún a riesgo de tener que dar explicaciones a su pueblo, y esto con bastante dificultad. Pienso en Macky Sall, el presidente de Senegal, por ejemplo.

Usted estaba de paso en París para una jornada de reflexión organizada en el Espace Jean Dame, titulada «La articulación de un lenguaje del alma. Cuál es la responsabilidad en torno a la humanidad en peligro». ¿En qué modo está en peligro hoy en día la humanidad?

Considero que la humanidad está en peligro pues, incluso si el mundo siempre ha estado mal, las guerras de Occidente en Siria, Irak y Libia lo llevan al borde el caos. La ascensión del Estado Islámico es imparable. Un día nos dicen que son 20.000. Una semana después, son más de 50.000. Nunca hemos asistido a semejante fenómeno.

Es imposible reflexionar sobre el mundo actual sin tener en cuenta el hecho de que tantos jóvenes están dispuestos a morir como mártires. Desmantelar las redes porque un terrorista ha hablado bajo tortura ya no funciona. El Estado Islámico nos da a entender que va a ganar porque nosotros tenemos la vida y él la muerte. Sin olvidar lo que está en juego detrás de todo esto, como la guerra entre chiitas y sunitas, la actitud cada vez más dura y resistente de Rusia o el silencio ensordecedor de China, que nunca dice nada pero sin duda piensa. Esos dos países se preparan. Su arsenal nuclear es tan importante que ha llegado el momento de tener miedo.

Introdujo la conferencia con este titular: «Todos somos responsables.» ¿De qué y en qué somos todos responsables?

Somos todos responsables en la medida en que tenemos una tendencia cada vez más marcada a menospreciar nuestras capacidades críticas, a renunciar a pensar. Me sorprende la tendencia de la gente a repetir lo que dicen los grandes medios de comunicación, a repetir sus opiniones y estar convencidos de que lo que dicen es el resultado de su propia reflexión. Es hora de recuperar el control. Estamos formateados. Somos más que nunca un rebaño frente a las redes sociales, frente a los Estados y sus aparatos de propaganda. Nos hacen tragar cualquier cosa. No hace mucho me preguntaron qué consejo podía dar a un joven escritor o un joven intelectual. Respondí de inmediato que no hay que tener miedo a ser el único en pensar lo que se piensa. Es fundamental. Hay mucha gente que encuentra más cómodo fundirse en la masa y renunciar a sí mismos. Así, la labor de los que tienen la voluntad y la energía de dominar el mundo resulta mucho más fácil.

El presidente de Burundi, Pierre Nkurunziza, fue reelegido el 21 de julio pasado para un tercer mandato a pesar del boicot del conjunto de la oposición del país y los violentos disturbios que siguieron al anuncio de su candidatura en abril. Resultado: más de un centenar de muertos y numerosos actos de tortura que harán pensar en el conflicto interétnico de 1972, la guerra civil que sacudió Burundi de 1993 a 2000 (enfrentando igualmente a hutus y tutsis), pero también, y por extensión, al genocidio de los tutsis en Ruanda. Para usted, que ha escrito sobre el tema, ¿le parece pertinente esta puesta en relación?

La Historia no se repite de una manera mecánica. No porque estos dos países sean gemelos y uno sirve de espejo al otro tienen que conocer el mismo destino. Su evolución y lógica política son tan diferentes que no creo que el escenario genocida sea verosímil. Y sin embargo, en cuanto pasa algo en Burundi pensamos enseguida en el genocidio ruandés.

No obstante, me parece muy bien que esgrimamos el revulsivo ruandés cuando estalla una crisis en cualquier país de África. Decir «atención a Ruanda» funciona como una alerta. El hecho de que todo el mundo haya permitido que eso suceda forma parte de la herida y de la mala conciencia que resulta de ese acontecimiento trágico. Nkurunziza y los suyos se sienten pues vigilados y bajo control.

Se evoca también la idea de una «primavera africana» de cara a estas poblaciones que se alzan contra los abusos de poder de sus dirigentes, tomando como punto de partida la caída de Blaise Compaoré en Burkina Faso, perseguido en la calle. ¿Piensa que es realista este análisis?

Los países afectados por la Primavera Árabe, como Túnez, Egipto o Libia, eran realmente dictaduras. En países como los nuestros luchamos para hacer respetar nuestras constituciones. Que existen. Es completamente diferente. Luchamos en el plano institucional, en el plano de las libertades políticas, del pluralismo de la prensa y la libertad de opinión. Vamos por delante de los países árabes. Así que el mundo árabe no va a ensañarnos a nosotros.

Tengo tanta menos simpatía por esa «primavera árabe» cuanto que ha dejado al descubierto todo el racismo contra los negros que existe en las sociedades árabes, ya sea en Líbano, Marruecos, Libia o en otras monarquías del Golfo. Se dice que el sueño de los jóvenes que pierden la vida en el Mediterráneo es llegar a Europa pero se olvida que lo que desean es abandonar países donde son tratados como ganado. No hay nada que frene el racismo contra los negros en Libia.

¿Cuál es su opinión respecto al drama humano que representan los naufragios de los emigrantes en el Mediterráneo?

Europa ha caído en su propia trampa. No podrá solucionar este problema. No se puede hacer nada contra personas que se meten en cayucos sabiendo que tienen un 99% de posibilidades de morir. Cada vez son más numerosos. Europa quiere aprovechar la globalización y al mismo tiempo oponerse a ella. Esta gran divergencia es insoportable. Cuando analizamos las consecuencias de la insurrección libia nos damos cuenta de que la negrofobia ocupa un lugar muy destacado incluso hacia los libios negros. Es probable que se digan que más vale acabar en el fondo del mar en lugar de seguir viviendo en tales condiciones. Estos emigrantes son los condenados de la tierra, los condenados del mar, pero también los condenados del desierto. Hay que también interesarse por los que cruzan el desierto. Si lo que sucede en el Mediterráneo es dramático, lo es igual en el desierto.

Actualmente hay dos visiones encontradas respecto de África: la de un «optimismo ingenuo», como lo describe el escritor Felwine Sarr, frente a un continente en pleno desarrollo, y la de un discurso ahora y siempre impregnado de catastrofismo. ¿Cuál es la suya?

Observo que ser negro y africano continúa siendo una circunstancia agravante. Esto proviene de los medios de comunicación pero también del afropesimismo que mantienen igualmente los propios africanos al englobar países que ni siquiera conocen. Ya es hora de aprender a pensar África por separado, país a país. Hasta que no hayamos asimilado esto la mente de los jóvenes permanecerá contaminada.

boubacar boris diopEn este sentido, un amigo argelino y yo tenemos la idea de coordinar una obra sobre el tema en la que recurriremos a intelectuales del mundo árabe, principalmente magrebíes o que residan al sur del Sahara. La gente es asesinada porque son negros y esto sucede mucho más en el mundo árabe que en el mundo occidental. Hay que reflexionar sobre lo que significa ser negro. Éste es el trabajo de las jóvenes generaciones a partir de ahora, una línea de reflexión fundamental. Fingimos que no lo oímos mientras que esto se dice cada vez más fuerte y las consumaciones del acto son cada vez más frecuentes.

Hemos hablado antes de la gala del PEN, en la que este año África ocupaba un lugar de honor. El próximo año la gala será consagrada a México. ¿No hay un problema? He venido mil veces a Francia pero nunca he ido a Guinea Conakri. Ni siquiera conozco Gambia, que está enclavado en la parte centro occidental de Senegal. Ya es hora de que dejemos de considerarnos a nosotros mismos como un bloque y animar por consiguiente a los demás a vernos como una sola y única entidad. ¡Esto induce a tal pobreza de pensamiento! Es tan miserable. El deber de la nueva generación es deconstruir esta topografía distorsionada.

 

*Murambi, el libro de los huesos. Publicada en castellano por Ediciones Wanáfrica en noviembre de 2015.