Los dorze etíopes, tribu de casas de elefantes y vírgenes convencidos

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Por Richard Ruíz Julién
La ciudad de Arba Minch es considerada la auténtica puerta de entrada a las tribus omóticas del sur de Etiopía, donde el mundo de también incluye la vida de los tiempos pretéritos, casi del génesis.
A medida que uno desciende por el mapa desde allí, va encontrando etnias cada vez más primitivas, aisladas y endogámicas; en apenas 200 kilómetros cuadrados esas comunidades sobreviven, según los observadores, como sus ancestros, preparados para una lucha muchas veces real.

Los dorze, uno de eso particulares grupos radicados en las montañas al noroeste de Arba Minch, están mucho más integrados que cualquier otro, en opinión de expertos.

Conservan, por supuesto, sus tradiciones y estilo de vida, pero se han modernizado y fueron capaces de establecer pequeñas industrias textiles familiares y un comercio incipiente, basado en el turismo.

Lo más llamativo cuando uno se acerca por una pista de tierra a su territorio, es, aparte del desacostumbrado clima, frío, nublado y húmedo que caracteriza a la región y las espectaculares vistas que se disfrutan por el camino, el estilo tan peculiar y atractivo de sus casas, aseguró a Prensa Latina el agente de viajes, Misganaw Asnake.

Parecen gigantescas colmenas, detalló. Se trata de cabañas de grandes dimensiones, cuyo tejado puede llegar a alcanzar los 12 metros de altura.

Están hechas con una sólida estructura de mástiles de madera, separados por tabiques de bambú trenzado; todas tienen una característica protuberancia en la parte delantera que recuerda la trompa de un proboscídeo, y dos respiraderos en lo alto que parecen los ojos de un elefante.

La singular protuberancia no es otra cosa que la cubierta del vestíbulo que todas las cabañas tienen a la entrada, mientras los respiraderos constituyen una salida de humos, ya que el fuego se hace siempre en el interior, refirió el experto en Conservación del Patrimonio Cultural, Haile Zeleke.

Al fondo está la gran sala principal con la lumbre en el centro y algunos asientos alrededor. Es el hogar propiamente dicho.

A la derecha, una estancia separada por un faldón de bambú trenzado hace las veces de cuadra para las cabras y alguna vaca, mientras la del otro lado es la habitación del matrimonio; los niños duermen en la cocina o en el vestíbulo.

La enorme cubierta que desciende hasta el suelo está hecha de enset, grandes hojas de falso banano que protegen perfectamente del sol y de la lluvia.

A pesar de su frágil apariencia, estos recintos pueden durar dos generaciones, unos 60 años, y debido a su ligereza y sólida estructura, pueden ser trasladadas fácilmente a nuevos emplazamientos.

Los dorze son bien conocidos por ‘viajar con la casa a cuestas’ y por rodear a sus cabañas de un pequeño jardín. También suelen tener una huerta a la espalda dónde cultivan frutas, verduras y, sobre todo, el falso banano típico de esta área geográfica, algo inédito en las viviendas de otros grupos omóticos, indicó Asnake.

La comunidad desarrolló también una incipiente industria textil. Son famosas sus coloridas telas de algodón (shammas), entre las más buscadas y apreciadas de Etiopia.

También tejen otras más gruesas (gabis) que algunos utilizan como ponchos o mantas. Curiosamente, son los hombres quienes tejen, mientras las mujeres hilan.

Pero lo que caracteriza sobre todo a este pueblo montañés es su habilidad para cultivar en las pendientes laderas de las montañas, donde han aprendido a luchar contra la erosión construyendo ingeniosas paredes escalonadas.

No es infrecuente tampoco encontrar puntos de venta al aire libre en cualquier lugar alejado de las poblaciones, y particularmente en parajes de especial belleza, donde los turistas acostumbran a descender de sus vehículos para contemplar la naturaleza.

Son además vírgenes convencidos que no mantienen relaciones sexuales hasta los 26 años ellos y hasta los 22 años ellas.

Â’Luego, al casarse, se encierran sin salir tres meses de un cuarto estrechoÂ’. Ni para ir al baño salen fuera con tal de saciar tanta espera, refirió la antropóloga Yideneku Kassa.