El cine marroquí gana en prestigio y calidad pero pierde espectadores

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Festival Internacional de CineEl cine marroquí vive la enorme paradoja de atravesar un «momento dulce» en producción y calidad de películas propias y asistir a una imparable sangría de salas que cierran y espectadores que ya no pagan por la pantalla grande.

Las grandes estrellas –Sharon StoneJuliette Binoche o Martin Scorsese– que estos días deambulan por Marrakech, invitados al Festival Internacional de Cine son además signo inequívoco de la atracción que Marruecos sigue despertando para el celuloide internacional: el año pasado se rodaron en el país 25 películas extranjeras.

Un entorno seguro y la diversidad paisajística no bastarían para atraer a la industria del espectáculo; cuenta también el hecho de que haya tres estudios de cine y cinco escuelas del ramo donde se forman los distintos oficios relacionados con el séptimo arte y que aportan profesionales que pueden trabajar tanto en producciones nacionales como extranjeras.

Sin embargo, y aquí viene la paradoja, una ciudad con Uarzazate, donde hay unos estudios que han servido para rodar superproducciones de Hollywoodcomo «Gladiator», «Kundun» o «Alexander», no cuenta con una sala de cine. Como no la hay en Nador o Beni Melal, por citar ciudades de más de 100.000 habitantes.

En el país hay 34 salas de cine distribuidas en solamente diez ciudades; en los años noventa se cerraban salas a razón de diez por año «sin que nadie levantara una ceja», lamenta el crítico y especialista Mohamed Bakrim; aún hoy se siguen cerrando, y lo seguirán haciendo si no hay una apuesta clara, del sector público y privado, por el séptimo arte.

En 2012 fueron al cine poco más de dos millones de personas, lo que supuso una pérdida de un 25% solo con respecto a dos años atrás, algo que Bakrim achaca a, por un lado, el cambio de hábitos culturales (lo que llama «youtubización» del cine, especialmente entre los jóvenes) y al carácter conservador de los propietarios de las salas.

Solamente dos salas en todo el país, en Casablanca y Marrakech, dieron el paso a la fórmula multicines; el resto son grandes salas antiguas, que no cuentan con climatización ni con butacas cómodas y ofrecen el cine indio y egipcio que no suele llegar a las pantallas modernas. Resultados: los dos multicines absorben cerca de la mitad de la recaudación.

«Atraer al público joven al cine, para que pasen de esa ‘visión fragmentada’ que supone ver una película en tu ordenador, al acto social y ciudadano que supone entrar en una sala grande, supone un trabajo educativo a la par que una lucha decidida contra la piratería», recuerda.

En las calles y zocos de Marruecos es habitual encontrar las películas recién estrenadas en EE.UU. y Europa copiadas y ofrecidas a menos de un euro; por el contrario, la entrada a una sala de cine varía entre 2 y 5 euros.

Las películas más vistas en Marruecos en los últimos años han sido nacionales, lo que significa que el público local prefiere un cine que hable su lenguaje y le cuente sus historias.

La producción de cine marroquí ha dado un salto cualitativo y cuantitativo: de las cinco películas anuales que se rodaban en los noventa, se ruedan actualmente cerca de veinte, tanto comedias como melodramas, cine social o policiaco. Al mismo tiempo, los filmes marroquíes «de autor» cosechan frecuentemente premios en festivales extranjeros.

Toda esta producción y diversidad se logra gracias a una decidida apuesta pública por el sector: las ayudas directas a las películas locales se cifran en unos 6 millones de euros anuales (9,8 millones de dólares) en forma de «adelanto sobre recaudación», aunque Bakrim asegura que esa fórmula es teórica y es raro que los productores devuelvan dinero adelantado.

«Vamos a ser claros: sin ayuda pública, no habría cine en Marruecos», dice el crítico, y recuerda cómo en 2006 Estados Unidos ejerció «una enorme presión» sobre Marruecos (durante las negociaciones por el acuerdo de libre comercio) para incluir al cine en los sectores liberalizados, y finalmente Marruecos logró oponer la cláusula de «excepción cultural».

El cine marroquí ha abordado en la última década un gran número de temas, algunos con un lenguaje muy duro de sexo y violencia, y sin evitar temas como la violencia política en el reinado de Hasán II, y ahora debe cuidarse -recuerda Bakrim- contra esos «movimientos sociales moralizantes» (en referencia a los islamistas) que tratan de cortarle las alas.

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